Con la singularidad de entretejerse visos geográficos y políticos y que los límites fronterizos que las envuelve son conjuntamente frontera española, europea y africana, Marruecos valora que Ceuta y Melilla son territorios ocupados y apela a diestro y siniestro, su soberanía. Con lo cual, la congoja por no decir la angustia, vuelve a surgir como algo inextinguible, ya sea por medio de crisis diplomáticas, oleadas migratorias como la acontecida recientemente, o declaraciones políticas sin el más mínimo fundamento en su exposición de hechos.
Evidentemente, ambas ciudades autónomas son el resultado de un espacio geomorfológico imponente: el Estrecho de Gibraltar. Obviamente, quien supervisa sus litorales inspecciona uno de los pórticos marítimos más significativos del planeta. Así, ha sido desde la época remota y prosigue en su accionar.
De ahí, que para quien exista el más mínimo resquicio de titubeo en cuanto a su pertenencia y españolidad, entraña conocer el umbral de estas ciudades transitando a lo largo y ancho de más de seiscientos años de historia. Pero asimismo, concebir cómo el realce del relieve junto al mar y los itinerarios comerciales han concretado las determinaciones de imperios, reinos y Estados modernos.
Lo cierto es que tras el ataque a la integridad territorial de España con la invasión de Ceuta por inmigrantes irregulares, el ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi, volvió a sacar a la palestra la reivindicación marroquí de las dos ciudades, agregando que están dispuestos a zanjar el problema mediante el diálogo.
Además, mientras Marruecos hace de gendarme, aunque habría que creerlo, para contener esa inmigración irregular, encadenó las trabas de inmigración con la política del gobierno español por la regularización masiva. Y para comprometer a España a esa negociación, hay que estar ciego para ignorar que Marruecos despliega una estrategia híbrida de doble rasero sobre el Gobierno y las dos ciudades.
De hecho, Marruecos manejó en su día (1975) una estrategia híbrida fundamentada en la imposición sobre España en su reclamación sobre el Sáhara español, con la denominada Marcha Verde, en la que participaron 350.000 voluntarios portando banderas de Marruecos y ejemplares del Corán, llevados a la zona dispuesta por España, con la certeza de que no abrirían fuego contra una masa indefensa.
Hasan II acreditó que estaba por la labor de correr el riesgo por el coste de vidas y se sirvió que en aquellos tiempos existía un gobierno frágil y un contexto internacional poco propicio al régimen franquista.
Este enfoque integrado híbrido sería la culminación de su reinado y el momento constitutivo del nacionalismo territorial marroquí, aunque no zanjó el asunto de la soberanía que todavía es el fin preferente de Marruecos. En adelante, cada 6 de noviembre se conmemora el Aniversario de la Marcha Verde que Mohamed VI dedica para acentuar la movilización en favor de la causa nacional, al igual que se encajan el resto de las demandas territoriales.
No hay que irse demasiado lejos en el tiempo para sopesar, que una vez Marruecos alcance el reconocimiento por Naciones Unidas de la soberanía del Sáhara Occidental, la reivindicación de Ceuta, Melilla y los peñones de soberanía española, será su máxima preferencia.
Como quiera que sea, conviene dejar claro en este texto, que Marruecos careciendo de base jurídica, histórica e incluso geográfica, pone en tela de juicio y cuando se le antoja, la españolidad y con ello la europeidad, de ambas ciudades.
Luego, la españolidad de Ceuta y Melilla, valga la redundancia, no pueden estar en juego constantemente. Hay que conocer de primerísima mano por medio de las fuentes documentales y hechos constatados, como un espacio geográfico se organiza y adquiere significado a través del tiempo por la acción humana de quienes allí residieron.
Y esta historia que seguidamente comenzaré y de la que sugiero al ilustre lector examine con rigor, llegue a su punto y final. Porque entonces, no quedará duda alguna de que la rojigualda ondea flamantemente en estas tierras, fruto de su idiosincrasia y pasión por su pertenencia a un gran país como España.
Ceuta y Melilla se encuadran en una de las localizaciones geográficas más estratégicas del mundo. Y es que el Estrecho de Gibraltar apenas rebasa catorce kilómetros en su estrechamiento y es el único ensamble natural entre las aguas atlánticas y mediterráneas. Por este punto reducido circulan anualmente decenas de miles de embarcaciones que conectan el Viejo Continente con África, Asia y Oriente Medio. Es más, totaliza uno de los puntos fuertes de acceso del comercio internacional. Obviamente, este aspecto convierte sus costas en un espacio pretendido desde tiempos inmemoriales.
“Conviene dejar claro en este texto, que Marruecos careciendo de base jurídica, histórica e incluso geográfica, pone en tela de juicio y cuando se le antoja, la españolidad y con ello la europeidad, de Ceuta y Melilla”
No es de sorprender que fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, musulmanes, portugueses, británicos y españoles, hayan ambicionado dominar alguno de los emplazamientos que señorean esta vereda marítima. Tampoco es coincidencia que el Reino Unido atesore Gibraltar y que España conserve como oro en paño Ceuta y Melilla. Aunque tampoco es menos, que Marruecos contemple estas ciudades un foco estratégico.
Tras el paso de los siglos, el raciocinio geográfico continúa siendo idéntico: llevar la batuta de la llave del Mediterráneo.
Dicho esto, es preciso remarcar en mayúsculas cuantas veces sean necesarias, que la incorporación de Ceuta y Melilla a la Corona Española se produjo con anterioridad a la instauración del actual Reino de Marruecos.
Primero, en 1497, Melilla quedó bajo la órbita de la Corona de Castilla, apenas cinco años más tarde de la toma de Granada y en plena penetración mediterránea de los Reyes Católicos.
La expedición emprendida por el duque de Medina Sidonia, se topó con una ciudad básicamente desamparada. Los castellanos habitaron un territorio que durante mucho tiempo se encontraba inmerso en la ruina. Los intensos combates entre los zayyaníes de Tremecén y los wattasíes de Fez debilitaron el dominio efectivo sobre la ciudad, hasta reportarla en un área casi despoblada. El modus operandi correspondió más a la usurpación de un vacío de autoridad, que propiamente a la invasión de un espacio gobernado de modo estacionario.
A decir verdad, el aliciente tampoco era únicamente militar. Castilla intentaba contener que el litoral norteafricano se transformara en un centro de operaciones desde la que corsarios y actores enemigos inquietaran las costas andaluzas.
De este modo, llevar las riendas de algunos puertos africanos comportaba amplificar el escalonamiento defensivo de la Península. Al mismo tiempo, aquel accionar llevaba impresa una maniobra mucho más profunda de lo imaginado y que llevó a la Corona a disponer posiciones en Orán, Bugía o Trípoli. Si bien, con el tiempo estas plazas acabarían dilapidándose. No obstante, Melilla perduraría bajo soberanía española hasta nuestros días.
Y segundo, la historia de Ceuta se encumbra desde tiempos bizantinos. Así, en 1415, el Reino de Portugal dirigió una campaña militar que ganó la ciudad al sultanato de Fez. Aquella actuación contempla el preámbulo de la expansión ultramarina portuguesa. Para Portugal, Ceuta configuraba un valioso mirador sobre el punto estratégico concerniente al Estrecho de Gibraltar. Al igual que un fascinante punto de referencia para inspeccionar los derroteros comerciales que engarzaban el Mediterráneo con el Atlántico y el África Occidental.
Durante poco más o menos, dos siglos, la ciudad estuvo bajo administración portuguesa hasta 1580. Ese mismo año, Felipe II adquirió la Corona portuguesa tras la crisis de sucesión del reino luso y surgió la Unión Ibérica.
El caso es que en un extensión de tiempo de setenta años, España y Portugal compartieron monarca y con esa conjunción, Ceuta se integró en la misma monarquía que por aquel entonces representaba Castilla, Aragón, Nápoles, Flandes y los territorios americanos recién descubiertos.
La desconexión se produjo en 1640, cuando Portugal rescató su independencia tras la Guerra de Restauración. Con todo, Ceuta se inclinó por una elección firme y definitiva que en adelante imprimiría su devenir: mantenerse bajo soberanía de la Monarquía Hispánica. A ello hay que añadir, que no fue ni mucho menos una imposición militar, sino que los residentes locales resolvieron por sí mismos conservar sus lazos predominantes con España, llevándolo a término en contraposición del gobernador de la ciudad, el portugués Francisco de Almeida.
De todos es conocido, que Felipe IV honró y resaltó esa fidelidad, otorgando a Ceuta el título de “Fidelísima” y distinguiendo a sus moradores la particularidad de naturales de Castilla.
Décadas más tarde, el Tratado de Lisboa (13/II/1668) que puso el punto y final definitivo al conflicto, aceptando la independencia lusa y a la nueva dinastía de los Braganza, España reconoció oficialmente su soberanía sobre la ciudad. En lo sucesivo, Ceuta ha perdurado incesantemente incorporada a España. Y repito, incesantemente, porque quien diga lo contrario, miente o lo rechaza.
Con el transcurrir de los trechos, los dirigentes de la nación que es el vigente Marruecos, jamás desistieron a reivindicar una ciudad que dominaba uno de los márgenes del Estrecho de Gibraltar. No en balde, permanecía siendo un activo estratégico para cualquier potencia con miras a encabezar la embocadura al Mediterráneo.
En base a lo anterior, he de remitirme al año 1694, cuando el sultán Muley Ismaíl desató una acometida para someter Ceuta. Sin ir más lejos, abordó un asedio que se extendería durante treinta y tres años. Ninguna ciudad europea había sufrido y resistido un hostigamiento de tales dimensiones.
En aquel tiempo y a modo de una fortificación encaramada sobre una angosta península rocosa, Ceuta estaba salvaguardada por el mar en prácticamente la totalidad de su perímetro y ensamblada al continente por un estrecho istmo defendible desde todos sus puestos. Fijémonos en las Murallas Reales, consolidadas y mejoradas durante centurias por portugueses y españoles, hacían de ese pasillo ahogado un genuino estrangulamiento para los adversarios. De manera, que mientras las milicias marroquíes aparejaban ventaja cuantitativa, sus protectores incansables contaban con la primacía determinante que implicaba el mar.
Durante diversos períodos en los que la ciudad convivía bajo las armas de modo persistente, acaecieron múltiples arremetidas sobre los baluartes e insignificantes avances, que difícilmente descomponían la primera línea, pero cada metro de superficie era defendido hasta la extenuación.
Recuérdese al respecto, uno de los incidentes más calamitosos sobrevenido en 1695. Valiéndose de una neblina baja y densa, las huestes marroquíes cogieron desprevenido al destacamento durante una de las rotaciones de turno. Aunque lograron asaltar la plaza de armas y varios guardianes fallecieron tratando de superar el puente móvil o lanzándose al foso para huir. Sin embargo, un contraofensiva que no se hizo esperar, permitió reconquistar la posición y afianzar de nuevo la coraza defensiva. Más adelante, en los preludios del siglo XVIII, España franqueaba coyunturas complicadas de su historia. La Guerra de Sucesión extenuó al estado y acto seguido la Guerra de la Cuádruple Alianza enfrentó a la monarquía borbónica contra una coalición constituida por Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio Romano Germánico.
Claro está, que tras la merma de buena parte de los territorios italianos, España precisaba sostener cuanto antes los recintos que avalaban la dirección del Mediterráneo Occidental. Ceuta, junto con Gibraltar, que desde 1704 estaba a disposición de los británicos, pasó a ser uno de los pilares cardinales del equilibrio de poder.

En 1720, compareció en la ciudad el marqués de Lede reuniendo a unos dieciséis mil soldados. Eran fuerzas curtidas en combate que acababan de luchar en los principales teatros de operaciones europeos. Su incursión forzó a los contendientes a retroceder hacia Tetuán y durante varias semanas se consideró que el bloqueo había concluido, pero el azote de una plaga de peste se explayó como la pólvora y obligó a interrumpir la campaña. En tanto, el ejército español hacía un alto en el camino con la ofensiva, las tropas marroquíes retornaron prontamente para proseguir el sitio.
El escenario cambió drásticamente en 1727, tras el anuncio de la muerte de Muley Ismaíl. Si apenas pausa, sus hijos despuntaron una guerra por la secuencia sucesoria que obligó a desistir del asedio para aspirar al trono. Una expedición consignada desde Ceuta pudo verificar in situ, que los puestos avanzados habían quedado desamparados.
Después de treinta y tres inacabables años, el asedio había finalizado y con ello, Ceuta sobrevivió a lo indescriptible. Ni que decir tiene que aquel dilatadísimo atolladero belicoso dejó un impacto imborrable en el recuerdo emocional de la ciudad.
Durante los prolegómenos del asedio, la urbe portuguesa menguó paulatinamente, mientras crecía la recalada de comerciantes y familias provenientes de la región andaluza. Simultáneamente, las conexiones con España eran más vigorosas y las relaciones con Portugal acabaron esfumándose. Recapitulando, Ceuta rebasó el siglo XVIII siendo muchísimo más española de lo que había sido en sus orígenes. El cerco que aspiraba aunar Ceuta con el Norte de África, perfiló con España el reforzamiento de su integración política, social y cultural.
En otras palabras: Ceuta, exhibió a los ojos del mundo que podía subsistir mientras atesorara la soberanía marítima. Terciados tres siglos después, esa premisa estratégica sigue siendo irrevocable.
El valor real de la ciudad jamás ha estribado en su dimensión terrestre, sino en la situación terrestre que habita. Cuando hacemos referencia a la geografía, el detalle y la descripción de la posición suele incumbir mucho más que el plano en la superficie. Pocos enclaves revelan mejor esa imagen, que esta pequeña península acomodada entre las Columnas de Hércules conocida la perla del Mediterráneo.
Llegados a este punto de la disertación, tras cinco siglos de fricción desde su fusión a España, tanto Ceuta como Melilla, son objeto de una discordia diplomática que en un futuro cercano parece no tener escapatoria. Para Marruecos, estas ciudades simbolizan los últimos indicios del colonialismo europeo en el Norte de África. En cambio, para España son como cualquier otra que satisfacen la geografía española.
Marruecos respalda que en pleno siglo XXI resulta incongruente contradecir que dos ciudades emplazadas en tierras africanas prosigan bajo la jurisdicción de España. Desde Rabat se llama a la prolongación geográfica y la argumentación de la descolonización: el estado alauita interpreta que al igual que se disolvieron los protectorados y colonias europeas en África durante el siglo XX, Ceuta y Melilla deberían formar parte íntegramente de Marruecos.
Contrariamente, el pronunciamiento de España se apresta a una deducción categórica: ni Ceuta ni Melilla, son colonias. Cuando el Imperio Jerifiano obtuvo su independencia de Francia (2/III/1956) y España (7/IV/1956), respectivamente, ambas ciudades eran parte exclusiva del territorio español. Como tampoco se atinaban incluidas en el Protectorado implantado (27/XI/1912), sino que establecían zona metropolitana con dirección propia porque eran españolas, incluso mucho antes de la plasmación del reino alauí que en nuestros días administra el país.
A la sazón, Melilla acumulaba con escasa diferencia, ciento setenta años bajo soberanía castellana y Ceuta había resuelto perpetuarse incrustada a la Monarquía Hispánica. Por eso, la polémica no versa tan solo sobre la cercanía geográfica, potencialmente influyen la pervivencia, la organización eficiente del territorio y, sobre todo, el sentir de sus pobladores.
Pero, ¿qué menciona en este sentido el ordenamiento jurídico internacional? Ocasionalmente, se simplifica la cuestión al corroborar que Ceuta y Melilla son españolas, porque el tiempo retrospectivo así lo confirma. Toda vez, que el Derecho Internacional adopta el criterio de la posesión efectiva y continuada.
En otros términos: un territorio cuyo gobierno se desempeña de manera afianzada durante siglos, con organismos o instituciones específicas, además de un conjunto poblacional consistente y legitimación internacional, fundamenta reglamentariamente su soberanía. Es lo que para los expertos o estudiosos del derecho barajan como “prescripción adquisitiva”.
A ello se engloba otro componente irrebatible: la autodeterminación.
Los ciudadanos de Ceuta y Melilla ostentan la nacionalidad española, intervienen en las elecciones generales, autonómicas y municipales y en ningún tiempo han expuesto de manera influyente el agrado por desprenderse del vínculo jurídico que lo liga con el Estado español y le atribuye la condición de residentes. Véase, que en el Derecho Internacional contemporáneo, la voz del pueblo configura un principio imprescindible para cualquier proceso de descolonización o transferencia de soberanía.
Lo anterior desentraña por qué la Comunidad Internacional no encuentra en ambas ciudades, territorios en curso de descolonización, como sí sucedió en el siglo XX con diversas posesiones coloniales. Allende de la elocuencia política imperante, desde hace décadas el tema sigue virtualmente entumecido. Amén, que las discrepancias no se zafan solamente en la esfera diplomática.
Me explico: desde hace años, Marruecos manipula como pez en el agua la regulación de los flujos migratorios como una de sus herramientas predilectas de chantaje en un ilusorio trato con España y la Unión Europea (UE).
“Esta historia que sugiero al ilustre lector examine con rigor, llegue a su punto y final. Porque entonces, no quedará duda de que la rojigualda ondea flamantemente en estas tierras, fruto de su idiosincrasia y pasión por su pertenencia a un gran país como España”
Es sabido que la contribución de las Fuerzas de Seguridad marroquíes es esencial para inspeccionar una de las divisorias externas de la Unión. Cuando el intercambio o conexión directa bilateral pende de un hilo por las tensiones, esta hipotética o incierta cooperación disminuye hasta los mínimos. Como resultó en 2021, cuando en pocas horas miles de individuos salvaron la frontera de Ceuta.
Todo se teje a que esta relajación menudea en la crisis migratoria de la que se cumple un mes y en la que otra vez, miles de sujetos vuelven a cruzar a España.
Hoy por hoy, variables intervinientes como la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración, conciernen a una misma balanza de poder. Ceuta y Melilla son mucho más que dos ciudades demarcatorias. Por antonomasia, concretan uno de los puntos calientes donde convergen los retos estratégicos más importantes del Mediterráneo Occidental.
A ello ha de incluirse otro ingrediente candente: la ascendente resonancia internacional de Marruecos. Durante estos últimos tiempos el país ha fortalecido su economía, al igual que ha restaurado sus Fuerzas Armada e intensificado sus nexos con Estados Unidos, la UE y otros estados africanos. Este tacto diplomático describe que el entresijo de Ceuta y Melilla aflore todavía intacto en su agenda exterior.
En consecuencia, Marruecos ha dado con la tecla para promover en el flujo inmigratorio irregular un ingenio para amplificar su pericia híbrida de presión contra España. Y esta amenaza es más eficaz cuando detecta gobiernos laxos, como ocurre con una ciudadanía fraccionada por la polarización, más un choque continuo entre gobierno y oposición, incompetentes para acordar una política exterior y de seguridad nacional.
Frente a esta estrategia de presión e influencia orquestada afinadamente, Marruecos no parece estar dispuesto a aflojar en su pulso reivindicativo de Ceuta y Melilla. Sea como fuere, Marruecos insistirá demandando políticamente estas ciudades, pero una reivindicación política no lleva instantáneamente a una aspiración territorial en un derecho internacionalmente contemplado. O sintetizado de otro modo: la reivindicación no denota un justificante jurídico.
En este recorrido temporal de pasado, presente y futuro como el expuesto en estas líneas, ni Ceuta, como tampoco Melilla, pueden ser una vía de acceso según me interese de inmigración irregular, porque lo que se encuentra en riesgo es nada más y nada menos, que la integridad territorial de España.
Queramos o no queramos verlo, la línea roja se ha rebasado hasta atrapar como perros de caza la zona gris, que inexcusablemente distingue ese margen intermedio entre paz y conflicto abierto en el que se desenvuelven acciones coercitivas, políticas o económicas, sin tocar el techo de cristal del enfrentamiento armado directo.
Ante hechos de este calado y al compás de su reincidencia, no parece sensato obstinarse en una política cimentada en empequeñecer los contratiempos o hacer la vista gorda con respecto a Marruecos.
Cuando un mismo artilugio se disfraza de presión se duplica, daña la integridad territorial, desacredita la seguridad nacional y se esgrime ecuánimemente a intereses políticos preliminarmente declarados. Tratar lo acaecido en Ceuta como un simple capítulo migratorio, deja de ser prudencia y comienza a parecer un abandono en lo que cae por su propio peso: Rabat lleva décadas avivando o reprimiendo los flujos de personas para ajustar la presión sobre España.






