Este fin de semana en un lugar, de los bajos de la Casa del Pueblo, tuvo una cita muy especial todos los representantes de la Seguridad Ciudadana Estatal, que estaban dentro de un limbo legal. Los que tenían más de cincuenta y cinco años. Esos que en principio no podía vacunarse de una de las marcas que hay en el mercado. La famosa AstraZeneca. Y que después de un pequeño debate pudo añadirse para que fueran inoculadas a este margen de edad. Muchos, según me confiesan, habían dado gracias a todas las divinidades que conocían, y habían volado su imaginación hacia los anuncios, tanto de la televisión, como de internet, los más, y creían que tendrían que esperar unos meses a que fueran servidas por las farmacéuticas otra marca, esa que con una sola dosis teníamos suficiente.
Pero parece que a perro enfermo todo se le vuelven pulgas y de buenas a primeras si nos “chutan”, con la ya indicada. Fue una tarde donde los nervios de costumbre y el añadido de las dudas sobre: administrarnos o no, la que al fin y al cabo nos pusieron. Y una vez sentado en el lugar donde nos correspondía, con una distancia de seguridad de dos asientos entre cada futuro paciente, o mejor dicho nervioso e impaciente hombre que había que vacunar. Menos mal que los chascarrillos entre todos, ya que nos conocíamos, por ser de una misma profesión, hizo la espera un poco más asequible.
Entre risas y cachondeo. Luego vino varios médicos a preguntarnos sobre si habíamos estado infectados por el virus o teníamos algún síntoma.
Yo particularmente solo tenía la carencia de salir pitando del lugar, pero pensé en el futuro, esto me podría venir bien, ya que tras la documentación oportuna, podríamos salir de nuestro istmo. P
arece que no pero te da un plus de energía que no tenía ya mucho en ese momento. A los pocos minutos una enfermera me solicito que me remangara el brazo y que la camiseta la cogiera por la altura del hombro y viene ese pequeño pinchazo tras relajar el brazo que significaba que me habían metido el bicho en mi organismo.
Un algodón en la zona afectada era el recuerdo que nos dio nuestro "picador", en términos taurinos. Un poco más tarde nos solicitaron el documento nacional de identidad para hacernos un papel donde decía que nos habían vacunado, con el nombre de la misma y el número del lote. Tuvimos que esperar unos minutos y vimos como gente de la Cruz Roja cada vez que se iba una tanda desinfectaban los asientos con un spray de solución alcoholica.
Buena labor para estos chicos y chicas. Al salir todos preguntaban como fue la faena y yo por meterme en mi papel de protagonista di un es todo tranquilo, cuando la verdad que aunque fue rapido, pero los días previos a ese instante no se los deseo a nadie.
Han sido muchas oraciones, mucha incertidumbre y sigo pensando si valdrá o no la pena. Pero hay que hacerlo. Aunque tengamos la sensación de ser unos conejillos de indias. Solo me queda añadir que una pregunta que me hizo un chavea de veinti pocos años me vuelve a dar alas a mi imaginación. Queda mucho para que se acabe está pandemia. Y la respuesta fue casi a la par entre varias personas solo Dios sabe el futuro.






