El reciente hallazgo de tres gatitos de apenas una semana de vida, abandonados dentro de una bolsa de plástico en los espigones de Benítez, vuelve a evidenciar una realidad que se repite con demasiada frecuencia en nuestra ciudad. La irresponsabilidad de unos pocos termina recayendo sobre quienes nunca miran hacia otro lado: los voluntarios y colectivos animalistas.
Al conocerse la situación, fueron muchos los voluntarios que acudieron a la llamada, preocupados por el estado de los pequeños. Uno de ellos no dudó en desplazarse para localizarlos pese a las dificultades y a las altas temperaturas. Otros colaboraron de distintas maneras, pendientes en todo momento de que los gatitos pudieran ser rescatados y atendidos. Es justo reconocer ese compromiso colectivo, porque detrás de cada rescate hay horas de esfuerzo, coordinación, preocupación y, muchas veces, recursos que salen del bolsillo de quienes ayudan.
Puede entenderse que en un día festivo la administración tenga más dificultades para movilizar determinados recursos. Lo que cuesta entender es que las situaciones de emergencia relacionadas con el bienestar animal terminen dependiendo tan a menudo de la disponibilidad de personas voluntarias. Una vez más, son ellas quienes asumen una responsabilidad que nace de la dejadez y la crueldad de otros.
"Puede entenderse que en un día festivo la administración tenga más dificultades para movilizar determinados recursos. Lo que cuesta entender es que las situaciones de emergencia relacionadas con el bienestar animal terminen dependiendo tan a menudo de la disponibilidad de personas voluntarias"
Mientras quienes abandonan animales parecen beneficiarse de una preocupante impunidad, quienes intentan reparar el daño cargan con las consecuencias. Son los voluntarios quienes responden cuando hay una llamada de auxilio, quienes organizan rescates, quienes buscan acogidas y quienes velan por animales que nunca debieron verse en esa situación.
Afortunadamente, esta historia ha tenido un final esperanzador. Los tres gatitos fueron encontrados, atendidos y alimentados. Ahora duermen tranquilos y a salvo gracias a la solidaridad de muchas personas que entendieron que no podían permanecer indiferentes. Pero no deberíamos acostumbrarnos a que la solución dependa siempre de la buena voluntad de unos pocos.
Quizá haya llegado el momento de reconocer de verdad la labor de quienes dedican su tiempo a proteger a los animales y de exigir mayor responsabilidad a quienes los abandonan y a quienes tienen la obligación de garantizar una respuesta eficaz ante estas situaciones.
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