Pensé que Soadia podía regresar a Ceuta con vida. Llegué a pensar en lo bonito que hubiera sido reunirnos en su casa del Príncipe para tomar un té con esa maravillosa familia que tanto la ha protegido. Pensé que esta historia podía terminar bien, tan bien como ella se hubiera merecido.
No ha sido así. Siendo creyente me aferro a esa idea de que todos tenemos nuestra fecha escrita, pero eso no frena la rabia que una siente por el punto y final que tenemos que colocar a historias vitales demasiado pronto. Soadia se merecía volver a Ceuta y vivir como siempre debió hacerlo. Soadia se merecía contar su historia tranquila mirando hacia atrás por el mal momento vivido.
No ha sido así. Aún recuerdo esa mirada, ese rostro de dolor cuando acudimos a su casa del Príncipe para servir de mero altavoz que reclamaba una ayuda. Ese rostro no se me olvidará ni a mí ni a muchos que quedaron impactados por ver cómo en siglo XXI seguimos siendo tan idiotas como para no resolver las cosas sencillas de manera adecuada y rápida.
Así somos los humanos, esta especie que gusta de complicar las cosas y de colocar trabas para que nada funcione como debe.
Este mundo, el que nosotros nos hemos creado, no funciona para hacernos la vida mejor, para convertirnos en más humanos, para tener una mayor empatía con los demás. Este mundo parece que lo amoldamos para que se ajuste a ese particular juego de ‘vamos a ver cómo podemos complicar las cosas aún más’.
El dolor de perder a un hermano es de lo peor. Sobre todo si se va joven, con ganas de luchar, con una vida por delante por la que pelear. Soadia deja hermanos que la han querido y han sufrido por ella buscando la manera de poder ayudarle. Soadia deja una familia que lo dio todo por ayudarla. Ahora queda el tiempo de asimilar lo que ha pasado y no de superarlo, porque la pérdida de un ser querido nunca se supera, solo se aprende a vivir con la compañía de ese dolor permanente que muchas veces quema por dentro.
Soadia se nos fue, pero se fue querida y amada por quienes estuvieron a su lado.







GRAN SEÑORA Y GRAN MUJER