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Las sinrazones de los discursos políticos actuales

En mi reflexión sobre los discursos políticos parto de dos supuestos fundamentales en teoría aceptadas por todos: La actividad democrática se debe apoyar en la racionalidad de las argumentaciones, pero los hechos nos demuestran que unos y otros sólo pretenden desacreditar al contrario mediante ataques demoledores.

En la situación actual es impensable que un político de cualquier ideología pretenda construir un discurso con la intención de “persuadir generosamente” al adversario de la bondad política, social, ética o, incluso, económica de sus propuestas. Se da por supuesto que su función no es comunicativa sino defensiva y, sobre todo, ofensiva.

Lo peor a mi juicio es que, con estas prácticas, nos han convencido a los demás ciudadanos de que los mejores discursos no son los que se apoyan en los argumentos más racionales, sino los más contundentes en el sentido más agresivo, más bruto y más grosero de esta palabra. La oratoria política se entiende, por lo tanto, como una técnica de dominio y no como una vía de entendimiento racional. Por eso, a veces los oyentes aplauden con entusiasmo los discursos “desaforados” que, en vez de llegar a acuerdos, pretenden vencer incluso a través de la manipulación, de la irracionalidad de la mentira y de la agresión.

Con estos comportamientos logran que una notable mayoría de ciudadanos vea con buenos ojos y escuche con buenos oídos esas intervenciones adoptando unas actitudes parecidas a los que asisten, por ejemplo, a un combate de boxeo o de lucha libre. No tenemos en cuenta que un buen discurso –incluso político- es el que, tras escuchar al adversario, propone en vez de imponer, y el que apoya su legitimidad no en la estridencia de sus gritos sino en la fuerza de sus razones y de sus razonamientos desapasionados.

Si olvidamos que la legitimidad nace del mejor argumento y si, por el contrario, la apoyamos en la sinrazón, en el poder bruto, en los debates distorsionados y, en lugar de la razón y de las razones, se utilizan “oráculos tecnológicos”, en vez de argumentar, profetizan y, en lugar de debatir, lo que consiguen es acumular fanáticos seguidores. Quizás nos suene a temores exagerados, pero me permito preguntar si ese uso de la fuerza desenfrenada de las palabras puede desembocar actualmente en las brutalidades físicas de otros tiempos o de otros lugares. Recuerdo que “quien siembra vientos, recoge tempestades”.

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