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El Síndrome del ORIENTE EXPRESS

Por Germinal Castillo
02/03/2026 - 07:32
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Imagen cedida

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Se dice de Agatha Christie que es la gran asesina del siglo XX, que ha inventado más formas de matar que cualquier sicario de la mafia que se precie, y que su fineza británica para escribir novelas hace que cada uno de sus libros sea una obra de arte. Aunque sus escritos tienen ya aproximadamente un siglo, no dejan de tener un ingenio y una trama que los hace intemporales, atractivos y hasta adictivos. Más de uno se deja las pupilas en esas páginas, con la discreta luz de la lámpara de la mesita de noche, porque no puede parar de leer hasta llegar al final.

El caso es que no sólo de misterio viven los hombres y las mujeres, y así lo demuestra esta escritora. Su balance editorial es impresionante:

-66 novelas policiacas

-150 relatos cortos

-25 obras de teatro

-2 relatos autobiográficos

-6 libros escritos bajo el seudónimo de Mary Westmacott.

Como dice mi editora, bien podría haber ganado un Premio Nobel que dan en “Estoeselcolmo” antes que otros.

Volviendo a lo que nos ocupa, es cierto que son sus trabajos detectivescos los que, al final, se quedan en nuestros imaginarios con, generalmente, un investigador como centro de la trama. Eso sí, probablemente porque es inglesa ejerciente, el detective francófono de Doña Agatha es el belga Hércules Poirot. Poner a un francés como héroe internacional es probablemente demasiado para una súbdita del Imperio. Qué se la va a hacer, la vida mamá, la vida…

La historia de “Los 10 negritos” o “Muerte en Nilo” son, sin lugar a dudas, dos de los títulos más destacados de esta escritora, sin despreciar al resto, que son también de una calidad sublime.

Y después tenemos “Asesinato en el Oriente Express”, que se ha llevado varias veces a la gran pantalla y que narra un suceso terrible en el tren del mismo nombre. Esta novela, que se desarrolla ente railes, es sencillamente una maravilla de principio a fin.

En otro ámbito, tratar al Orient Express como un tren mítico es quedarse cortos, muy cortos. Este lujoso ferrocarril une Londres y París con Venecia para llegar a Estambul. La ruta atraviesa diversos países europeos y finaliza su recorrido en la bocana de Asia. Mágico.

Su fama, además de por el exclusivo y carísimo servicio que se presta a bordo, se ve más realzada si cabe por la ya antes reseñada y famosa novela de Christie. En “Asesinato en el Orient Express”, publicado en 1934, el legendario inspector Poirot debe encontrar al autor del homicidio del millonario estadounidense, Mr Ratchett, mientras el tren está detenido en mitad de la nada por culpa de una enorme tormenta de nieve.

El origen de la historia está basado en una experiencia que vive en 1929 la propia escritora británica en un tren en plena Turquía profunda.

El convoy ferroviario en el que viaja Christie se ve inmovilizado en el centro de ninguna parte durante varios días porque las condiciones meteorológicas muy adversas hacen que las vías sean impracticables. La escritora británica no necesita mucho más para poner su cerebro de escribidora a funcionar, y en poco tiempo ya tiene el argumento de una de sus novelas más emblemáticas. Brillante.

Como en cualquier trabado de la escritora más traducida, vendida y leída del mundo, el guion nos lleva a sospechar sucesivamente de todos los personajes, cambiando de culpable a cada página.

Con un sentido de la teatralidad y del dramatismo “marca de la casa”, la asesina virtual más famosa de todos los tiempos nos conduce por un laberinto de probabilidades imposibles, hasta que, cerca de dónde pone “FIN”, la luz se hace en el cerebro del detective belga dejando a los lectores con la boca abierta. Esa es la idea. Siempre. En todos sus libros.

La implacable lógica del que rivaliza en inteligencia con Sherlock Holmes, nos descubre una macabra trama de todos y todas las que viajan en el tren.

No hay un asesino o una criminal, todos los son.  La unanimidad de los integrantes del convoy (menos Poirot, claro) participa de alguna u otra manera en el crimen cuyo único móvil es la venganza. Nadie es especialmente responsable, pero todos, cada cuál con sus motivaciones y acciones, son culpables de acabar con la vida de un hombre que, por otra parte y dicho sea de paso, es descrito como especialmente maligno. Esa muerte es un crimen colectivo. Literario, sí…pero colectivo.

La gran pregunta que se hace este H2SO4 es ¿qué pasa con la opinión de críticos y lectores si el tal Mr Ratchett resulta ser una buena persona, alguien que pasa por ahí por casualidad o incluso si se trata de ser vivo inocente y generoso con el que todos conviven a diario?

Pues mire usted por donde, en esas estamos.

En este Vitriolo se es muy consciente que lo que le vamos ácidamente a contar lo conoce usted de sobras, otra cosa es que lo quiera saber.

Veamos…

Vivimos y sufrimos una economía llamada de mercado, que bien puede llamarse de mercaderes, y estamos todos participando activamente de la destrucción de lo que poéticamente Georges Moustaki denomina “Un jardín llamado Tierra”.

Por mucho que se empeñen en querer proclamarlo como si de una cortina de humo se tratase, la alarma absoluta que se ha decretado no procede de radicales grupos ecologistas más o menos marginales, o de partidos de una Izquierda más o menos minoritaria. Seamos serios. Este grito de desesperación surge de un organismo tan poco sospechoso de revolucionario como es la Organización de Naciones Unidas. Bien es cierto también que en estos tiempos de claro pensamiento regresivo democrática cualquiera que no acate total y moral al Régimen orwelliano que se nos viene encima es tildado, de forma automática, de peligrosos talibanes.

Y, por cierto, sí, hemos dicho regresión democrática, y aunque a algunos les suene a afirmaciones vacías, gratuitas y/o agoreras, el rumbo que estamos tomando no indica otra cosa. Esperamos fervientemente que el tiempo nos quite tajantemente la razón. Ojalá.

La ONU no cesa de hacer llamamientos a los países (sobre todo a los más industrializados) para que lleven a cabo acciones inmediatas contra la contaminación. Y la respuesta que recibe al respecto es una supina indiferencia política y ciudadana. Lamentablemente resultamos ser sobresalientes en “jodámonos todos”.

Y no se trata aquí de estar en contra de algo por sistema, por capricho, por moda o porque nos guste vivir siempre en un estado de alarma permanente. No se trata, como se dice en Vox, de creer en una religión climática y decir seguidamente que la emergencia climática es cuestionable. Tan sólo se trata de saber leer, sin más.

Cosa diferente es que a nosotros nos molesten las informaciones incómodas, o que los negacionistas se posicionen de la forma que lo hacen porque todo esto no le conviene a los intereses de los poderosos a quienes sirven. Quien niega la evidencia sabrá por qué lo hace, los hechos son los que son.

 Un periódico tan creíble como el francés “Le Monde” asegura que la concentración de dióxido de carbono (responsable del efecto invernadero) en la atmósfera se ha mantenido estable hasta el inicio de la segunda revolución industrial. A partir de ese momento se produce una “explosión del CO2” (expresión textual), una imagen que describe la extrema nocividad de los gases de efecto invernadero que, en realidad, son principalmente tres: dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O).

Y si alguien aún alberga dudas al respecto, los datos del Global Carbon Budget (Proyecto Mundial de Carbono) son escalofriantes.

Antes de proseguir, señalar que el Global Carbon Budget se funda en 2001, en la californiana Universidad de Stanford. Su trabajo es medir las emisiones de gases con efectos invernadero y plantear soluciones… que, por otra parte, nadie, de los que podrían y deberían hacer algo, quiere escuchar.

Así, según el Global Carbon Budget, en 2025 hemos batido un vergonzoso récord: 430,6 ppm; es decir, 430,6 de litros de Co2 en cada millón de litros de aire. Dicho de otra forma, estas cifras suponen un incremento de más del 52% con respecto a los niveles preindustriales. Es la cota más alta jamás registrada.

Más datos. En 2025 se han alcanzado unas emisiones globales de combustibles fósiles de 38.100 millones de toneladas, un 1,1% más que en 2024. Y seguimos para bingo.

Muchos expertos son categóricos: el nivel de dióxido de carbono nunca ha sido tan elevado desde hace 2,1 millones de años. La fuente de esta contaminación procede en un porcentaje elevadísimo de las grandes empresas (las principales causantes) que poco o nada hacen para frenar la contaminación, y también por nuestros vehículos, aunque en menor medida y sobre todo por el desgaste de los neumáticos. Aquí todo se basa en las cuentas de resultados, aunque esas sumas equivalgan a la destrucción del planeta y/o al suicidio de la Humanidad.

Es más, todos los países tienen una cuota máxima de producción de efecto invernadero y, cuando superan esa cuota (algo que es frecuente en los países industrializados), buscan un país pobre y le compran su cuota de emisión gases contaminantes. Tema resuelto.

Según la Agencia Internacional de la Energía, al ritmo que vamos las emisiones de gases de efecto invernadero aumentarán en un 130% de aquí a 2050. Espeluznante.

¿Le parece mucho? Pues eso no es todo.

Hablemos de pesticidas. La multinacional Monsanto (Bayer, Roundup etcétera) es la responsable de lindezas como el “agente naranja” que se empleó en Vietnam (guerra química en toda regla), de las semillas modificadas genéticamente (de las que tiene el monopolio) y del glifosato.

¿Qué es el glifosato? Un herbicida muy potente que se ha demostrado produce determinados tipos de cáncer y que la Unión Europea quiso prohibir. ¿Qué pasa entonces si se ha demostrado que ese producto nos está matando? Que el lobby que ampara a Monsanto en Europa debe ser muy potente porque, ante el no acuerdo de los países miembros en relación a este veneno legal, la Unión decide prorrogar su autorización  de utilización hasta 2033, siendo su uso dependiente del visto bueno de cada país.

¿Y en España? Ha acertado: el glifosato tampoco está prohibido en nuestro país y se utiliza tanto en la agricultura como en la limpieza urbana. Genial todo.

¿Le preocupan los ríos?

Los datos oficiales afirman, estudios en mano, que sólo el 11% de los ríos españoles tiene un bajo índice de contaminación. El 89% restante son estercoleros líquidos.

¿Causas? El 20% de los pesticidas que se venden en Europa tiene como destino España. Tampoco podemos olvidar que es hasta bien adentrada la Democracia cuando empiezan a llevarse a cabo controles más estrictos en materia medioambiental.

Sin embargo, tiempo atrás, durante muchísimos años, se han llevado a cabo los vertidos industriales directamente a los ríos, de ahí la presencia en las aguas de plomo, mercurio, cadmio, cloro, así como una lista infinita de elementos tóxicos.

Tampoco podemos obviar, también hasta hace poco, que las aguas fecales se arrojaban directamente a las aguas sin filtro alguno. Finalmente, tampoco debe olvidarse los miles de residuos que acaban en los ríos porque parece que es más cómodo tirarlos al agua que acercarnos al punto limpio de turno, que es como si tirásemos nuestra basura al fregadero porque no tenemos ganas de bajar hasta el contenedor. Demencial.

Por cierto, los ríos Juncar y Miño tienen el dudoso honor de encabezar la lista de los ríos españoles más contaminados, y el río Cinca (afluente del Segre), que nace el Parque Natural Ordesa es el tercero. Destacar que, lamentablemente, en el Cinca los niveles de mercurio en los peces es alarmante a más no poder, y todo ello por los vertidos incontrolados de ese antaño que algunos anhelan ahora. Penoso y penosos.

Pero, además de la contaminación artificial ya referida, la polución por plástico también alcanza ya unos niveles de extrema gravedad y alarma.

Para hacernos una idea de la extensión del problema, desde 1950 hasta la fecha se han producido unos 8300 millones de toneladas de plástico. Se pasa de los 2 millones de toneladas de plástico producido en 1950 hasta los más de 400 millones que se producen en la actualidad. Es de subrayar que es a partir del año 2000 cuando las cifras de fabricación de plástico se disparan alocadamente.

Ahora bien, ¿todo lo de plástico es malo? Pues se entiende que no. Gracias al plástico, por ejemplo, se han hecho muchos avances en medicina. Pero claro, estamos hablando de temas de menor producción (comparado con el resto) y que hasta quizás podrían tener otro tipo de soluciones menos contaminantes.

Seguimos. Se estima que tan solo el 10% del plástico se recicla, y eso en sí tiene otra lectura en la que me van a permitir que me detenga unas líneas, abriendo un paréntesis.

Los grandes fabricantes deciden un día que, para aumentar sus cuentas de resultados (el quid de la cuestión siempre es el mismo), deben separarse definitivamente del uso del cristal para adoptar el plástico. Esto ocurre principalmente en las grandes corporaciones de agroalimentarias, aunque no solo.

Así, pues, ya no hay que invertir por ejemplo en el lavado de botellas y se logran bajar exponencialmente los costos de fabricación. Se ahorra también en transporte y se obliga al consumidor a sentirse feliz porque el plástico no es tan frágil como el vidrio, y además pesa menos. Todos son ventajas en apariencias. El problema llega a la hora de tirar el envase, y la contaminación que ello conlleva, claro.

Pasado un tiempo de este cambio brusco, empiezan a llover informaciones y denuncias sobre el brutal uso del plástico por parte de esas megacorporaciones de la alimentación.

¿Cuál es la solución que adoptan estos grandes del capitalismo? ¿Regresar a cifras razonables y asumibles de producción de plástico?

¿Renunciar a un pequeño porcentaje de las ganancias para salvar al planeta volviendo al cristal?

Obviamente, no. Se le da la vuelta a la tortilla y se culpa al consumidor por incívico y se le endosa la responsabilidad de reciclar. En este apartado, también es de destacar el altísimo coste del reciclaje. Ellos ensucian, nosotros nos comemos sus porquerías, pagamos las consecuencias y corremos con los gastos. Pues mira que bien.

Y no, no es que en este H2SO4 estemos en contra del reciclaje, faltaría más, pero lo que sí queremos evidenciar es la poca vergüenza que tienen quienes nos culpan por el uso de algo que ellos producen, pero cuyas consecuencias se niegan a solucionar. Y mientras, a morir todos inundados en plásticos. Fin de un paréntesis que creíamos necesario.

Otro dato.  El plástico tarda cientos de años en descomponerse. De hecho, una botella de plástico, como las que se utilizan para los refrescos y similares, tarda 1000 años en ser reciclada por la naturaleza. ¡DIEZ SIGLOS para una botella de 1 litro!

Eso sin contar que todos los estudios científicos coinciden en que en la elaboración del plástico, un polímero derivado del petróleo, hay al menos 132 componentes que pueden ser nocivos para la salud. Nada menos.

Según datos recabados en medios oficiales, el 79% de los miles de millones de toneladas de plástico acumulados en los vertederos pasan a ser ingeridos por los pájaros. Unos científicos encontraron hasta 200 trozos de plástico o microplásticos (los inferiores a 5 mm) en una sola ave. Pero ahí no acaba todo.

Se estima que, al año, tragamos cada uno 250 gramos de microplásticos que luego aparecen en todos los órganos e incluso en la sangre. ¿De dónde sale tanto plástico ingerido? En nuestras bebidas, en nuestras comidas e incluso en el aire que respiramos. Evidentemente, así no es de extrañar que la Oficina Federal Alemana haya ya detectado trazas de plástico en la cadena de alimentación de los seres humanos.

Trazando un diagnóstico rápido de entender podemos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos muy jodidos, rematadamente jodidos. Pero no pasa nada. Absolutamente nada, porque a nadie parece importarle mucho todo esto.

En el mar, la situación ha alcanzado un nivel límite.

Algunos datos:

Organizaciones como Greenpeace o Ambientum (portal de internet del sector del medio ambiente empresarial) afirman que:

-8 millones de toneladas de basura llegan cada año a los mares y a los océanos.

-Esta cantidad es equivalente al peso de 800 Torre Eiffel, se podría cubrir 34 veces la isla de Manhattan o equivale al peso de 14.285 aviones Airbus A380.

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-Cada segundo, más de 200 kilos de basura van a parar a los océanos.

Se desconoce la cantidad exacta de plásticos en los mares, pero se estiman en unos 550 billones los fragmentos de plástico existentes, sin incluir los trozos que hay en el fondo marino o en las playas.

Obviamente, el 80% proviene de tierra firme. El 70% de este plástico se queda en el fondo marino, el 15% en la columna de agua y el 15% en la superficie. Es decir que lo que vemos flotar en el agua es sólo la punta del iceberg…y hay mucho plástico flotando en mares y océanos. Eso por no hablar de microplásticos que se detectan en todas las especies marinas y muchas de ellas nos sirven de alimentación.

Según la NASA, hay 7 islas de basura de plástico. Agunas están formadas por microplásticos, con una textura similar a la de una sopa, y otras son de residuos más grandes. Las diferentes corrientes son las que las empujan a reunirse.

 De las 7 existentes, 5 son las más importantes. Dos de ellas se encuentran en el Océano Pacífico, otras dos en el océano Atlántico y una más en el Índico. Las otras dos, más pequeñas, están en el Mar del Caribe y otra en nuestro mar Mediterráneo.

Solo la llamada “isla de plástico” o el “séptimo continente”, que se encuentra entre Hawái y California, se expande en una extensión de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, es decir tres veces el tamaño de Francia. Los cálculos estiman que contiene 1,8 billones de residuos que suman más de 80.000 toneladas de plástico. Ni más ni menos.

Llegados a este punto, bueno sería recordar que las bolsas que van a la deriva y que suelen acabar en los estómagos (y por ende, matando) a las tortugas marinas, tienen una vida útil media de un cuarto de hora en las manos de un ser humano.

Para todo el que crea que la desaparición de estos saurópsidos no reviste importancia, recordarle simplemente que la proliferación de esas medusas que nos fastidian el verano se debe, no sólo al calentamiento global, sino a la exterminación de las tortugas por ingestión de plásticos. Estamos matando la vida. Brutal pero cierto. Así de simple.

Si hablamos de la contaminación del aire, los estudios de unas agencias medio ambientales alemanas acaban de cifrar en 9 millones los fallecidos al año por contaminación.

Según recientes afirmaciones de expertos en la materia y de la OMS, la contaminación en el aire está provocando, además de cáncer de pulmón y de mama, problemas cardiovasculares que derivan en infartos, partos, prematuros, aumento de los cuadros de alergias o de asma. Y nosotros, como las vacas que ven pasar el tren, sigue sin parecernos que esto va con toda la población, sin contar con fauna y flora. Es decir, con nosotros.

Ese H2SO4 se haría interminable si se tuviesen que detallar todas las formas con las que el supuesto homo sapiens está acabando con el planeta.

Pesticidas, guerras químicas, basura nuclear, petróleo, contaminación de los acuíferos y un largo etcétera dibujan un panorama dantesco, pero curiosamente soslayado por la inmensa mayoría de nuestros semejantes.

Las malas noticas molestan y la política del avestruz suele tener más seguidores que la de ponerse manos a la obra para parar este genocidio.

Algunos van un poco más allá y se indignan por tamaña brutalidad; los menos, los muchos menos, se movilizan y, como siempre, los más jóvenes son los que nos muestran el camino…quizás porque ellos y ellas van a ser los directos herederos del desastroso legado medioambiental de sus mayores. De puta pena.

Algunos muy optimistas ya sugieren que el mayo del 68 ecologista podría haber empezado. Otros, más realistas, apuntan desde hace tiempo que la lucha por el medio ambiente es la nueva toma a la Bastilla. Lo único cierto es que, por ahora, el suicidio ecológico que estamos consintiendo no representa una preocupación mayor para la mayoría de la ciudadanía. Y esto es así.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero sin embargo, no podemos, ni debemos olvidar que cada uno de nosotros forma parte de la especie humana. Por ende, todos somos corresponsables activos del envenenamiento del planeta Tierra, o de su salvación.

Como en la novela de Agatha Christie, ninguno de nosotros es el principal culpable del crimen que se está cometiendo. Ni tampoco lo son nuestros vecinos, amigos o familiares, pero todos y cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, somos colaboradores necesarios del asesinato en masa que se está perpetrando con total impunidad en nombre de un capitalismo cada vez más salvaje.

La defensa del medio ambiente ya se ha transformado en la primera prioridad reivindicativa, no por ideología sino por pura supervivencia. Esta lucha no debe serle ajena a nadie.

No podemos permitirnos el lujo de ceder ni un milímetro más en este tema, aunque sólo sea porque no hay planeta de repuesto.

Quizás como los antiguos canteros debamos, cincel y martillo en mano, abrirnos camino entre la piedra de tanta sinrazón, evidenciando la cruda y horrorosa realidad. Por muy poco que nos guste mirar de frente a la realidad y por lealtad a nuestros hijos y nietos, tenemos la obligación de ofrecer soluciones humanistas a tanta barbaridad ecológica.

Quizás deberíamos empezar a pensar que difícilmente vamos a poder seguir defendiendo los valores de la Democracia que tanto valoramos porque, sencillamente, al paso que vamos pronto no quedará vida por y para defender. En un espacio de tiempo relativamente breve, todos habremos sido sepultados bajo toneladas de basura contaminante para que, eso sí, unas decenas de privilegiados tengan aún más dinero…aunque eso tampoco les sirva para sobrevivir.

Desgraciadamente, aquí no hace falta ni un detective con aguda inteligencia, ni sesudos científicos para constatar lo evidente: este planeta no se muere, lo estamos matando.

Nunca una novela policiaca fue tan premonitoria. Nunca.

Pero, ¿de verdad no piensa hacer nada al respecto? ¿De verdad está dispuesto a ponerle la palabra “FIN” a esta novela llamada Vida?

Nada más que añadir, Señoría.

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