Opinión

El síndrome de “lo normal”

Resulta curiosa la enorme capacidad que posee el ser humano para adaptarse a situaciones nuevas; tanto es así que, en muy poco tiempo, todo le resulta familiar, reiterativo o incluso banal.

Decía una política que las vallas electorales, esas que tanto dinero cuestan, tienen un impacto visual que dura muy pocos días. Aseguraba que, pasados esos días, nuestro cerebro se acostumbra a su presencia y, automáticamente, las obvia. A partir de ese momento, los reclamos políticos dejan de ser un culto a la personalidad para pasar a ser tan atractivos como la farola de la esquina o la papelera que nos encontramos al lado del trabajo. En ese instante, pasan a ser “lo normal”.

Cantaba Maxime Le Forestier que el óxido tendría un encanto maravilloso si sólo atacase cadenas, fusiles o rejas. De igual modo, “lo normal” tendría su encanto si sólo pudiese aplicarse a las aludidas vallas que tanto contaminan nuestros horizontes.

Desgraciadamente, la realidad es mucho menos poética.

Esa normalidad es la que consigue que, por machacona reiteración, terminemos aceptando que el negro es de color blanco o que lo lógico es del todo absurdo y viceversa. Lamentablemente, ejemplos no faltan.

Vemos como normal que las poblaciones de los países de la franja subsahariana, o del cuerno de África, estén abocadas al hambre, a las masacres y a las guerras.

Aceptamos como normal que la contaminación esté condenando a muerte irremediablemente al planeta, a mayor gloria de las multinacionales y de sus beneficios.

Consideramos normal la masiva venta de armas a otros países, como tan normal es guardar minutos de silencio por las víctimas de las bombas que nuestras industrias han fabricado.

Para nosotras es normal que una gran parte de la Humanidad –nuestras vecinas de barrio, incluidas- se muera de asco y de hambre ante nuestra indiferencia o nuestro olvido.

Asumimos como normal el hecho de que esa ropa que compramos a precio de ganga a empresarios de éxito esté confeccionada por una mano de obra que apenas llega a los ocho años de edad, con salarios de miseria y en talleres donde se respira muerte.

Ya es normal para todas nosotras que en el sector público exista una brutal carencia de médicas, profesoras y funcionarias de los cuerpos de seguridad, y no logramos ver nada raro en el hecho de que están abundando sus homónimas en el sector privado.

A pesar de nuestra corta indignación de escaparate, que existan niños de doce años haciendo de soldados en guerras olvidadas ya es un hecho normal para nosotras, tan normal como que las niñas de esa misma edad sean esclavas sexuales de uno u otro bando.

Los juegos de poder entre las que deciden en el seno de los partidos (me da igual el color, casos no faltan en ninguno de ellos) son ya algo normal, como lo es el hecho de que se despedacen internamente, sin piedad, con el único fin de alcanzar el trono supremo, y todo ello sin que jamás les pidamos que rindan cuentas por semejantes espectáculos bochornosos.

A pesar de las informaciones que evidencian lo asqueroso del hecho, que la corrupción campe a sus anchas ya es un asunto normal para nosotras y lo consideramos inherente a la clase política, olvidando que, por una parte, no todas son iguales y, por otra, ese dinero que va de mano en mano es el nuestro.

Ni siquiera nos planteamos tener una voz discordante, intentar nadar contracorriente o pensar con el viento de frente, y es que desde hace mucho tiempo nos han enseñado que lo normal es lo que nos dicen que debemos hacer, sin más.

Claro que, teniendo en cuenta que lo normal es la consigna del Poder, ya no nos extraña que se lapide a cualquiera que se le ocurra salirse de los caminos que llevan a Roma.

Sin embargo, son el Síndrome de lo normal y la ausencia de espíritu crítico los que nos conducen a todas hacia la destrucción intelectual con unos cerebros cada vez más vacíos de contenido rebelde, aceptando lo peor con total naturalidad.

¿Normalidad de los borregos que ven acercarse el matadero con dócil sonrisa o anormalidad de atreverse a pensar en Libertad?

Como siempre, usted sabrá si merece la pena seguir cargando con este Síndrome de “lo normal”, o no.

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