La imagen de cientos de inmigrantes intentando alcanzar la pasada semana el Reino Unido a través del Eurotúnel es quizás la evidencia visual de que el fenómeno es imparable.
Ya sea en su versión económica –el eufemismo acuñado ahora en la pudiente Europa para referirse a los recién llegados que buscan una oportunidad sin huir de violencia– o escapando de persecución –ideológica, religiosa o incluso por la simple condición sexual–, la llegada masiva de subsaharianos o de quien deja atrás un conflicto bélico en Oriente Próximo amenaza con ser el gran reto al que se enfrente el primer mundo en las próximas décadas. Que el problema tenga ahora como escenario el punto de conexión entre dos grandes potencias (Francia y el Reino Unido) no lo aleja del clásico escenario de la frontera de Ceuta, por ejemplo, sino que lo extiende y debería hacer reflexionar a los gobernantes sobre la sinrazón de darle la espalda. Salvamento Marítimo, como detalla hoy este diario, rescató al menos a 123 inmigrantes cerca de Ceuta en el primer semestre del año y los condujo hasta la ciudad. El balance es superior al de 2013, así como el de quienes intentan cruzar la vía marítima del Estrecho de Gibraltar y son interceptados o, en el peor de los casos, mueren en el intento. Un inmigrante que ansíe dar el salto lo intentará, nos guste o no, sobre vallas o caminando por los raíles del Eurotúnel.





