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Sin permiso

El proceso de fosilización jurídica y administrativa que está sufriendo Ceuta (y Melilla) no es sólo una cuestión política, radicalmente impugnable desde una perspectiva democrática (la quiebra del principio de igualdad desvanece la legitimidad del sistema), sino que provoca indeseables efectos prácticos en la vida cotidiana de los ciudadanos que residimos en esta Ciudad.

Así nos sucede a los docentes. Por razones ya reiteradamente explicadas, y conocidas, el profesorado de Ceuta carece de un órgano de negociación propio (otra maldita excepción). La consecuencia directa de esta anomalía es que no se registra un solo avance en nuestras condiciones profesionales desde hace, al menos, quince años.

Hoy queremos poner el foco en el apartado de “Licencias y permisos”. Este es un elemento de una indudable trascendencia, de los más importantes de cuantos configuran el marco de relaciones laborales. No en vano, es el que permite gestionar de una manera más llevadera esas terribles situaciones imprevistas que la vida, jalonada por infinidad de vicisitudes, nos tiene reservadas a todos. En especial en todo aquello relacionado con la enfermedad y los cuidados de nuestro entorno más próximo. La sensibilidad ante estas situaciones de sufrimiento (en ocasiones muy prolongado), y la solidaridad que generan, han ido ampliando y perfeccionando el conjunto de licencias y permisos de los funcionarios docentes en todos los territorios del estado español para poder atenderlas de la manera más adecuada posible. Excepto en Ceuta (y Melilla), claro está, que nos tenemos que “conformar” con los mínimos establecidos por la legislación básica. Es otra discriminación. En este caso más insoportable porque afecta de lleno a las personas en momentos saturados de amargura y dolor.

Todo el mundo es consciente de este agravio comparativo. Y, sin embargo, todo el mundo calla. La administración, desde hace ya muchos años, nos trata como si fuéramos “colonos”. Para ellos, somos un colectivo de privilegiados que cobramos un sueldo desorbitado. El Plus de residencia todo lo “tapa”; y hace innecesaria cualquier revisión de nuestras condiciones laborales. “Que querrán estos!!!; con lo que cobran, no tienen bastante???” Se preguntan sulfurados los funcionarios de alto nivel que gobiernan (en realidad) nuestros destinos, mientras comparan sus nóminas con las nuestras, en un ejercicio tan injusto como absurdo, fruto de una ignorancia supina en la que se regodean y de la que se jactan.

"Todo el mundo es consciente de este agravio comparativo. Y, sin embargo, todo el mundo calla. La administración, desde hace ya muchos años, nos trata como si fuéramos “colonos”. Para ellos, somos un colectivo de privilegiados que cobramos un sueldo desorbitado. El Plus de residencia todo lo ‘tapa’ y hace innecesaria cualquier revisión de nuestras condiciones laborales"

Tampoco a los responsables políticos parece interesarle lo más mínimo este problema. Ninguno de los Gobiernos que se han alternado en el poder durante los últimos veinte años han mostrado la más mínima comprensión hacia el profesorado ceutí. Ninguno se ha atrevido a tomar las medidas necesarias para revertir una situación manifiestamente injusta. Se diría que todos han terminado por asumir la tesis que nos convierte en “residentes pagados en exceso” y, por tanto, sin derecho a exigir nada más.

Pero no terminan aquí las responsabilidades compartidas. Tampoco el conjunto del profesorado se ha mostrado lo suficientemente combativo frente a la discriminación que padecemos. Nuestro conformismo es interpretado como un aval a la política de indiferencia de los sucesivos gobiernos.

Es probable que la indolencia que mostramos sea más bien fruto del descreimiento que del refrendo; pero lo cierto es que el resultado final no cambia. Silencio cómplice. De este modo, quienes nos empeñamos en protestar y reivindicar somos considerados por la administración como un pequeño reducto excéntrico aislado de la mayoría que, según ellos, no “tiene esa sensación de discriminación” que nosotros denunciamos con tanta insistencia.

Carecemos de la conciencia colectiva necesaria para emprender una movilización masiva y sostenida que desbloquee de una vez por todas esta situación. Nos limitamos a intentar resolver cada problema individual cuando se produce, de la mejor manera posible, entre lamentos de indignación. No entendemos que es un problema de todos. De los que estamos y de los que vendrán. De los que hasta hoy no nos ha pasado nada; pero mañana nos pasará. Y entonces nos estremeceremos. Cuando lo necesitemos y nos demos cuenta de que no tenemos permiso.

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