Opinión

Sin espacio para las estupideces

Mi amigo se llama Mohamed. También Mustafa. Karim se incluye en la lista, como lo hace Reduan. Farid, otro más. Después están Fati, Hana y mi casi hermana Saida, que me conoce de lejos, que sabe cómo estoy sin tener que hablar, a la que añoro a diario. Pasarán los años y seguiré con esos amigos, y mis hijos seguirán con los suyos, con los Manuel, Pepe, Juan y Mohamed, Aiman u Omar. Con todos ellos y con más. Y lo harán y lo haré sin tener que pensar en nada más que la amistad, porque nunca he tenido que ir más allá, porque no hay que entender nada más, ni cuestionarse, ni hablar de diferencias, ni tan siquiera buscarlas. El paso de los años te va permitiendo amoldar un carácter que se traduce en, básicamente, hablar, saludar, responder, estar con quien te da la gana. Obviar al que sencillamente no merece la pena. Evitar responder a quien no puede dar más de sí porque quizá no sepa siquiera ni vivir.

Si algo aprendí de mi padre, mi referente, mi luz en la vida, esa persona tan especial que me sigue ayudando y protegiendo desde donde esté, esperando a que algún día nos volvamos a reunir para volver a encontrarme con su cariño, su presencia, con ese amor que siempre me dio y que volverá a darme cuando llegue también mi día... si algo aprendí de quien lo fue todo para mí es a ser yo misma y sobre todo a no mirar al otro como alguien distinto y a ser complaciente con quien merece serlo.

El primer taxista que me llevó al desembarco de una patera, allá por 1998, fue mi recordado Abdelkader, amigo fiel que lo fue hasta su muerte. La persona que siempre me saludaba cuando regresaba al piso de alquiler en el que vivía cerca del ‘Lope de Vega’, de noche, era Mohamed, un vigilante que siempre se aseguraba de verme entrar por la puerta porque, me decía, ‘me había cogido cariño’ simplemente porque le daba las buenas noches. No me conocía de más, pero se aseguraba cómo entraba en el portal. Muchas de mis comidas las hacía en el Sindi-Bar con Mustafa de cocinero. Con Mohamed Alí aprendí yo a escribir crónicas judiciales mientras él se sentaba en el mismo banquillo para cubrir sus horas de Derecho, camino de convertirse en el abogado que es hoy. La vida es más normal de lo que pensamos. Lo es si no nos hacemos preguntas estúpidas sobre nadie, si dejamos de usar la expresión ‘los unos y los otros’ y si, sencillamente, somos solo eso: nosotros mismos. Perder el tiempo en intentar explicar el sentido de la vida a quien quizá no podrá entenderla jamás es imposible. Yo he desistido ya, sencillamente no merece la pena.

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