Opinión

Siempre habrá una nueva realidad

El legado del Covid-19 nos ha mostrado que nuestras ilusiones de seguridad siguen estando muy cerca del borde del precipicio

Las ilusiones las necesitamos. Y de alguna manera las tenemos presentes en el día a día. Desechamos unas y retomamos otras. Alteramos o fundimos unas con otras. Y ante el fracaso de algunas nos volvemos a alimentar con otras. Creando otra nueva realidad. Porque la realidad no existe, se crea. Y se crea siempre con esperanza.

En este paisaje, el legado del Covid-19 nos ha mostrado que nuestras ilusiones de seguridad siguen estando muy cerca del borde del precipicio. Hasta el punto de que podamos llegar a decir que “no somos nadie”. Nadie ante la posibilidad de una pandemia fabricada y diseñada biotecnológicamente combinando resistencia a la vacuna, transmisibilidad y letalidad. Y por todo ello, en el ejercicio de una política global, nos urge transformar nuestra resiliencia, y con ella también nuestras ilusiones. Frente a amenazas tales como otra posible pandemia, la crisis climática, la aniquilación nuclear, o la inteligencia artificial no alineada con los valores humanos. Frente a ellas necesitamos la solidaridad y la implicación de la comunidad internacional.

Solidaridad e implicación de la comunidad internacional que en un escenario equidistante, el Papa Francisco ha pretendido significar en su reciente peregrinación a Irak, y en su recorrido de Bagdad a Mossoul. Dirigiéndose con un mensaje de esperanza tanto a los cristianos de Irak (sufriendo numerosos conflictos desde 2003) como al conjunto de la población iraquí. Apelando a la tolerancia, al pluralismo, a la justicia, a la reconstrucción y reconciliación nacional. Justo ahora que el país vive su urgencia sanitaria frente a la pandemia, y la vive en además haciendo frente también a la permanente amenaza de grupos armados como las milicias chiitas y yihadistas sunitas.


La sustancia de este mensaje de esperanza del Pontífice, es la misma sustancia que nos transmite la manifestación popular de la Semana Santa, con su sentido, su sonido y su escenografía. La sustancia de la vida. Y que la vida no queda perdida para siempre. Además, y paradójicamente, en este tiempo de Pascua, de Pasión, no podemos celebrar, por nuestras calles, ese mensaje de vida, porque necesitamos poner a salvo nuestra supervivencia. Y ponerla a salvo con las restricciones a geometría variable; pero sobre todo con la rapidez que la investigación científica y la cooperación humana vayan conseguido en la vacunación.

Sin embargo, cooperación y supervivencia no siempre van de la mano. Y no lo van en la crisis migratoria que afecta a Europa. Donde la esperanza y la ilusión de tener una vida mejor se enfrenta a la supervivencia, la hipotermia, la deshidratación, o el coste humano de la vida. A través de esta lucha, y durante 2020, más de 40.300 personas llegaron a las costas españolas, de las cuales más de 25.000 llegaron a Canarias, y de entre éstas últimas unas 593 personas perdieron la vida. En lo que va de año, 19 más se han perdido. Con el reciente caso de una niña de dos años procedente de Mali, rescatada e ingresada sin éxito en reanimación hospitalaria, tras haber realizado, con 51 personas más, la peligrosa ruta del Atlántico desde Dakhala (Sahara Occidental).

Y es que esta ruta como el resto de las otras, integran las peligrosas rutas del sueño de una vida mejor. Comenzando a través de contrabandistas, y fondeando o desembarcando en las dificultades o en el dilema de lo que constituye el Med 5 y su reciente y primera reunión en Atenas. Esta alianza, “Med 5”, que se fraguó el año pasado entre cinco países (Grecia, Italia, España, Chipre y Malta), reitera su llamada a la solidaridad en compartir equitativamente con el resto de los socios europeos, el peso y el desafío en manejar esta migración de masa. Exigiendo un sistema europeo centralizado de devoluciones y más cooperación con los países de origen y de tránsito.

En la misma situación, de demanda de cooperación y solidaridad, se encuentran también los países del Visegrado o “V4” (República Checa, Polonia, Hungría y Eslovaquia) con respecto a los demandantes de asilo que llegan a sus fronteras.

En cualquier caso, la búsqueda de una mejor realidad continuará alimentado el flujo migratorio. Pero el escenario que tenemos en nuestro país, no es el mismo que el de una inmigración altamente cualificada moviéndose hacia los países de economías avanzadas de la OCDE.

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