Encendimos el alumbrado un mes antes de Navidad por eso de que hay que vender y vender (dicen que las luces ayudan). Nos hemos dado tortas por ver qué programa se ofrecía de actos callejeros en una ambición desmedida por llenar de artificios unas fiestas en las que lo importante se olvida. Y a falta de pocos días para la Nochebuena se monta la polémica porque eso de atiborrarse de bebida antes de unirse en familia no será tan sencillo al no contarse con barras.
Vamos camino de perderlo todo, tampoco creo que a muchos les importe ya. La transformación de lo que antaño eran las navidades a lo que ahora celebramos ha sido tan radical que todo se ha difuminado de una manera asombrosa. Para ser legales con nosotros mismos deberíamos ir pensando en cambiar de nombre a lo que celebramos, con excepción de quienes siguen manteniendo una defensa a ultranza de lo que es la auténtica Navidad.
Ser honestos al menos con nuestros pensamientos debería llevar a calificar toda esta farándula con otros términos.
A nuestros niños los hemos desquiciado preparándoles para vivir estas fiestas entregadas al más puro consumismo. Asisten a las guerras de los alumbrados que se mantienen en distintos puntos del país sin entender siquiera a qué se deben esas batallas de luces. No saben ya ni qué regalos pedir ante tanta masificación de presentes y fechas pretendidamente encadenadas (que si amigo invisible, que si Papa Noel, que si los Reyes… antes el Black Friday…). A los creciditos si se les pregunta qué es lo que se celebra ni siquiera lo saben. Ser consecuentes debería pasar por entender a qué se debe todo esto pero ya nada es igual.
Cuando perdemos el norte el camino ya no es el mismo. Continuamos sí, pero pagando el precio de perder el sentido de lo que estamos celebrando y de lo que estamos viviendo. Entramos entonces en un modo de vida marcado por el borreguismo, por un control de masas, por una manipulación extrema que nos lleva a perder la identificación real de nuestras tradiciones.
Seguiremos año tras año celebrando unas fiestas definidas en un calendario y crecidas a base de campañas publicitarias. Otra cosa bien distinta será reconocer si esto es lo mismo que pudimos disfrutar siendo críos.






