El Viernes Santo trae consigo la madrugá, una noche especial marcada por el silencio de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos del Sagrado Descendimiento, Santa Cruz en Jerusalén, Santísimo Cristo del Buen Fin en su Traslado al Sepulcro y María Santísima de la Concepción.
Las puertas del Oratorio de la Santa Cruz se han abierto pasada la medianoche para que los ceutíes puedan caminar como cortejo fúnebre junto a un Dios sin aliento, sin vida, aunque con la esperanza plena de que está vivo, de que es un Dios que resucita al tercer día y que redime los pecados de los hombres con su infinita Misericordia.
El más absoluto de los silencios acompaña a la única procesión de la madrugá caballa. Una noche en la que, por encima de esa sobriedad, tan solo se escuchan los pasos de los costaleros y las órdenes del capataz que conduce la veneración al Cristo sobre una sábana blanca en su Traslado al Sepulcro.
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