Se ha ido Caridad y se me viene a la cabeza de inmediato Lucas. Pensar en ella suponía siempre, inevitablemente, hacerlo en él. Tal cual. No suele pasar en muchas parejas, pero en esta, al menos para mí, sí. La risa contagiosa de Lucas y la mirada especial de Caridad eran un tándem maravilloso. Lo eran y seguro que lo serán siempre. Seguro. Porque lo bueno, lo distinto, lo que es único perdura, supera cualquier revés en el camino, va más allá de lo puramente material.
Pienso también en lo injusta que es esta ciudad para tantas cosas, sobre todo para tener miramiento hacia su propia gente, para disponer de recursos necesarios con vistas a que nadie tenga que sumar otra losa más a la que lleva ya encima porque el destino, que acostumbra a ser despiadado, nos elija para mal.
Las instituciones son egoístas, descuidadas, lentas y poco resolutivas para ofrecer calidad de vida en la salud de quienes lo necesitan. Sobre todo en Ceuta, una ciudad aislada por muchísimas más cosas que un Estrecho o una frontera, en donde sus residentes se ven obligados a tener que recibir una sanidad fuera porque su tierra se la niega, porque su tierra no le garantiza tratamientos, porque tenemos que seguir permaneciendo en una Ceuta tercermundista para muchos aspectos porque a la clase política le da la real gana.
La misma clase política que ahora nos vende las maravillas de un futuro Plan Estratégico pero sigue siendo ejemplo de indignidad cuando no garantiza los mínimos a su propia población, obligándola a hacer trayectos, viajes y tratamientos porque sí y no siempre en las mejores condiciones.
Las dichosas instituciones, esas que dicen mirar hacia el ciudadano, no lo hacen. Nunca lo hacen. Solo que usted no se da cuenta hasta que le toca. Mientras tanto vive en ese alocado mundo de ideales y de creencias mezcladas de promesas. Una farsa que nos acompaña de por vida, quizá nosotros mismos ayudemos a eso, quién sabe.
Se ha ido Caridad como antes se fueron otros grandísimos profesionales del derecho en esta ciudad, profesionales que siguen dejando marca y recuerdos entre quienes los trataron. Quienes tuvimos el lujo de conocerles los echamos de menos en muchas ocasiones, cuando toca rememorar casos, sentencias, exposiciones... o simplemente cuando la memoria, porque sí, te aporta ese momento de mirar hacia atrás que emociona. Se nos ha ido una luchadora. Otra más. Otra de muchas. Una luchadora que deja hueco en el Colegio de Abogados: el hueco de la elegante toga de quien siempre será recordada con cariño y respeto por quienes la pudimos tratar.
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