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Se acabó el resacón

O el empacho, o la indigestión, o lo que quiera que usted estuviera pasando tras la campaña electoral más reñida de toda la democracia. Por fin, hoy conocemos los resultados que configurarán los diferentes gobiernos de un país que, como vaticinó Alfonso Guerra –el hermano de Juan “el del despacho oficial en Delegación de Gobierno”–, no lo conoce ni la madre que lo parió.

O mucho me equivoco, o esa pesadilla que acabamos de franquear, nos va pasar factura en forma de atomización en las diferentes asambleas que ahora se han elegido. Preámbulo de ello, ha sido el quebradero de cabeza y desgobierno que una caprichosa y políticamente prepotente Susana Díaz está infligiendo a la maltrecha y mal pagada –no les pagan una extra desde hace 4 años– Administración Pública andaluza, y a unos andaluces a los que ya les llega demasiado tarde cualquier medida.
Si sacar unos presupuestos adelante obedeciendo las máximas de un solo partido político era difícil, y además se encontraba rodeado de una legión de carroñeros y corruptos que pretendían sacar tajada de él, ahora que habrá que conciliar el antojo de varios, les auguro que el número de corruptos se multiplicará de modo exponencial al de partidos políticos que apoyen esos presupuestos. Mal que se verá incrementado a sabiendas que, el fondo político que poseen estos partidos de nueva aparición es bastante corto y sus ambiciones asaz largas.
A la voluntad del pueblo apelarán sin cesar para justificar una forma encubierta de imponer un pensamiento minoritario, como si el 20% de los votantes fuera una mayoría ciudadana –les invito a hacer las cuentas de lo que significa esa cifra respecto a la población total–. No nos vamos a engañar si decimos que la verdadera voluntad de los ciudadanos es vivir en paz, libertad, justicia, con trabajo, seguridad ciudadana –incluye que no haya corruptos–, un buen sistema educativo, y un mejor sistema de cobertura sanitaria y social. Es decir, la voluntad de la población es la misma que hace doscientos años en las Cortes de Cádiz.
Me pregunto qué ha pasado en España para que doscientos años después sigamos demandando lo mismo. O hemos tenido muy malos gobernantes, o muchos enemigos, o somos unos quejicas empedernidos, o la conjunción de todas estas opciones. La cuestión es que ahora todo parece más complicado para sacar adelante cualquier iniciativa de mejora ciudadana, a sabiendas de que algunos pronostican, con más deseos que razones,  algún cambio democrático de relevancia.
Se acabó el resacón electoral y se avecina una tormenta de pactos y acuerdos que solo van a beneficiar a los partidos que se sostengan o aúpen al sillón gubernamental. La continuidad será más de lo mismo, pero la discontinuidad va a pasar por inestabilidad presupuestaria, desasosiego gubernamental, y desesperanza social.

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