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Schrödinger

El mundo -para mí- se ha vuelto confuso y desdibujado. Igual que el Quijote que solo veía héroes y villanos, solo veo políticos y semovientes. Todo parece concluir en una dimensión paralela, inalterable y absurda.

Todo me raspa como si el Mimosín no tuviera efecto en mi psiqué. Quizás sean las liturgias sobre los acampados o la señora que ocupó lo ocupado o la rotundidad de estar expuesto a un ojo digital que todo lo ve, pero del que no somos conscientes, con nuestros datos volando, los móviles sonando, los GPS localizándonos y muriendo desangrados por la ninguneidad.

Somos perecederos, caducos, pagadores, tributarios, postulados, eje central de la rueda que nos da la vida al nacer y que ni siquiera a las puertas de la muerte queremos entregar, condescendientemente.

No lo entienden los que ahora piden como los niños en Reyes, como los Reyes absolutos, como las bocas de los necios, como los semovientes que nunca fueron otra cosa que ovejas rodadoras sobre pasto seco.

No lo entienden los vivos, sí los muertos que fueron carne de cañón, sin funeral y con guerra impuesta, muertos anónimos y difusos, perdidos para siempre. Lo entendía mi madre que decía que venía a la vida a sufrir. O mi abuela materna- analfabeta-que respetaba, admiraba y codiciaba la inteligencia, la cultura y el saber, más que ninguna otra cosa.

Hay quien se ampara en la ignorancia, en la sangre de los toros, en los gritos callados, en la furia ajena, en el ritmo frenético del flautista de Hamelin, solo para sacar pecho y pedir hasta que la boca pueda, pero el país está desinflado y marchito, harto ya de tanta palabrería absurda.

No nos ilusionamos por cualquiera, porque estamos tan apagados que hasta un renacido idiota nos daría momentos de alegría y goce. Los que ya no pintamos canas porque hasta eso nos ha hartado, vemos la vida como el Planeta- no el oblicuo, sino el premio- tan bien planificado, tan mágicamente perfecto, tan falso como expuesto.

Los debates me dan mal de cuadernas, fiebres de boticario, ramalazo de locura y conciencias pagadas dando el callo para seguir cobrando.

Es de película, por no decir de serial prometedor de Netflix, lo que nos está quedando a estos ojos que en los setenta creyeron que la vida era multicolor, interdimensional y plena, para encontrarnos ahora desvestidos y sin novios porque se los llevó todos la Allende con sus más de 80.

Somos lo único que queda de nuestra casa, de nuestro clan, de nuestra vendetta con la vida, la memoria del cuervo de tres ojos que ya ni siente ni padece, arrebatada de tanto usarla, de tanto amor derramado, tantos dioses descreídos, tanta pena desvencijada.

Se nos ha quedado bonito el panorama, repetitivo, pacotilla, tremendamente cliché para lluvias venideras, acampadas sufragadas y mucho teatro sin tener que pasar por taquilla. Ya ni la Belén Esteban parece la misma, adoctrinada por los abogados de la fábrica sin despotricar más que en petit comité y con la mordaza puesta.

No sé si estoy viva o muerta y ni siquiera por qué les cuento, quizás sea por puro masoquismo solidario.

Lo que sí sé es que el puñetero corrector del texto sí que sabe cómo joderme la existencia.

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