Una de mis acciones más constantes, y que a la postre se ha convertido en el hilo conductor de mis pensamientos, es ese darle palabras al fenómeno de la salud mental.
Según mi entendimiento, la palabra es una apropiación simbólica de la realidad para lograr una explicación placentera y práctica de la misma.
Al plasmarse la tinta sobre el papel, la idea original abandona su pureza y exhibe su belleza imperfecta. Y es en el momento de la lectura cuando la palabra alcanza su valor: una interpretación del mundo, una visión de la salud mental.
Cuando a un juego de palabras, o lenguaje, se le estima cierto valor, lo llamamos conocimiento. En su devenir, el conocimiento se ha transmitido entre pueblos, y entre generaciones, propiciando el progreso de esa aura referencial que es la palabra.
Este proceso del lenguaje ha ido ganando en complejidad con la edad, desde dar nombre a los objetos, a una abstracción mayor, como son las causas, los efectos, las emociones, y finalmente, la ciencia, la filosofía, o el arte.
Con el nacimiento del alfabeto, a cada nombre se le asignó una expresión verbal, una identidad simbólica. Además de un fenómeno, la salud mental es una experiencia simbólica.
Fue durante el “III Congreso Internacional de Higiene Mental” en Londres, año 1948, cuando se decidió cambiar oficialmente el término “higiene” por “salud”, para reflejar un enfoque más positivo, integral, y comunitario.
A medida que se han entramado las dinámicas sociales asociadas a la salud mental, han aumentado las exigencias de los creadores de lenguaje; cómo identificar la realidad de la salud mental con el cálculo de las palabras. Solo con palabras apropiadas podremos apropiarnos del mundo en nuestro beneficio.
A más a más, la aventura del conocimiento comienza con la duda existencial. Al preguntarnos sobre algo, sobre la salud mental, despertamos la conciencia, y abrimos un territorio de significación.
Con el estudio, vamos señalizando ese espacio con certezas, signos, sentidos, de tal suerte que, cuanto mejor señalizado esté un territorio, mayor será la definición, más nítida será la imagen. Toda vez hay una imagen, hay una conciencia.
El signo de ese fenómeno que es la salud mental es la dificultad, pero la misma vida que te plantea un problema, que te aboca a la necesidad, también te da las herramientas para solucionarlo, te da la facultad de crear: el ingenio, la medicina, el lenguaje, la Ley, la comprensión.
Se sigue la lógica: a más conocimiento, mayor capacidad de respuesta.
Toda trasformación social ha de venir precedida de una innovación del lenguaje, ya que, sin temor a equivocarme, el lenguaje es el principal indicador de la evolución.
Si damos por buenas y ciertas estas ideas, podremos hacer un diagnóstico aproximado sobre cuál es la situación del lenguaje sobre salud mental en los canales de la sociedad de la información hoy día, y en la esfera pública.
En mi juicio, hay una clara desatención en la calidad, ya que se ha prescindido de la profundidad en los argumentos, habiendo parálisis donde tendría que haber progreso; el territorio de significación de la salud mental está mal señalizado. Prolifera un lenguaje escaso, prefabricado, reducido al eslogan, incapaz de abarcar la complejidad de ese fenómeno que es la salud mental.
Si no bebemos en las fuentes del conocimiento, no orientaremos bien nuestros pasos.
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