No sé si Sevilla vale una misa, pero sí unos paseos, una buena charla, una mirada desde cualquier punto que se vea reflejado el rio o el puente de Triana, por donde pasan las piraguas y los remeros de Labradores, náutico de Sevilla y Mercantiles.
Una Cruzcampo en lata fría en las gradas del CEAR, un paseo por los Remedios con pijas incluidas, mucamas en uniforme y tiendas que valen su alquiler en oro. Sevilla es tráfico incesante, desvíos imposibles y Sierpes lleno de turistas que no entienden una papa de sevillano. No es más que sevillanos que son buena gente, que te acogen sin tener que decir miarma, porque van de frente y sin sentimentalismos patrios.
De Sevilla no me he enamorado porque ya lo estaba hasta las trancas del Puerto, que me conquistó con unos ojos marrones café y una manos atrevidas y suaves. Pero si no lo hubiera estado, igual que en Roma, se me hubieran aflojado las medias, ya se lo digo a ustedes, pero hasta el tobillo. No por la monumentalidad, ni por los paisajes, que también, pero lo que a mí me pone es el puñetero río que tiene tirón sobrado cuando ves esas aguas rebotarse con el viento, que para nosotros los que hemos mamado de temporales tarifeños nos parece brisa suave, pero gloria bendita en competición cuando hace caer las piraguas de quien no se sostiene si algo vibra.
Gloria bendita esos patos que parecen gaviotas posadas, esos pasos tan largos como te dé la gana porque hay tanto donde hincar el pie, tanto que ver, tanta gente con la que hablar y tanto turista perdido que te sientes en casa, aunque seas gallego, que no es mi caso.
No tengo asesores que me dijeran cómo era Sevilla antes de ir, ni cómo tenía que tratar a un electorado que esperaba mis palabras como el maná.
También les confieso que no soy del Betis, ni del Sevilla, ni rezo a ninguna de las vírgenes bendecidas, a lo mucho – y si mi hija estuviera en plena competición con la piragua enfilada, llegando desde atrás a meta-rezaría al rio que me tiene tan entregada como el de San Pedro en los Toruños.
Me he dado cuenta- con el paso de los años -que soy de agua tanto como de tierra, no solo de mar y mar y mar, al tipo Alberti que nos da a los portuenses, aunque seamos impostados como es mi caso o en su tiempo a Antonio Burgos, con Cádiz. Yo soy portuense por los cuatros costados, arraigada, parida, amada, entregada y loca por este Puerto que me dio lo más grande que fue un incondicional y sus cuatro hijos.
Si no fuera así, yendo de viaje de novios a Roma, me hubiera enamorado allí, o de ese Madrid de novios que tantos besos vio robados, o de esta bendita Sevilla que olía a medallas, a sudor del bueno, a risas de gente que su máxima aspiración en la vida es dar lo mejor de si mismos por un club, una familia o un nombre. No hay nada más inocente que un deportista.
Por eso admiro tanto a Craviotto, no por sus éxitos, sino porque lo sabe, porque otros se quedan descascarillados, hostiados, olvidados y difusos, porque a los deportistas les exprimimos como carne de cañón licuada.
Dirán que me diluyo por las líneas y tendrán razón que parezco gallega queriéndome llevar los votos de Adelante Andalucía, pero discúlpenme es que recordar Sevilla me provoca alucinaciones de recuerdos, con todo lo que me llevé escondido en una alforja anímica.
Si quieren entender Sevilla, prueben a ir en coche hasta la portada de la Feria en época propicia, que me gustaría a mi verlo con Tom Cruise como protagonista. No crean que van a tener suerte como yo y les van a tocar siempre guardias la mar de simpáticos, que los habrá digo yo, no voy a ser la única que se los encuentra, la ayudan y escuchan.
Porque eso y mucho más es Sevilla. De hecho, no acabaría nunca de contarles cosas, ni querría.
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