La ciudad está desbordada y las previsiones no traen buenas noticias. Cientos de personas en el CETI, en las playas, pidiendo auxilio en el mar. Policía, Guardia Civil, embarcaciones de rescate que no dan abasto. Niños, mujeres, hombres de todas las edades llegan a la costa tal vez por propia iniciativa, tal vez usados por las mafias, tal vez por la pobreza que los catapulta hacia el todo o nada.
Piensan en un paraíso ficticio, en un Edén de cartón piedra, en la felicidad “truculenta” que les espera: una miseria vestida de lujo, una carnaza para explotadores que los usará como delincuentes anónimos, esclavos de nuestro tiempo cargados de culpa y acusados de todos los males habidos y por haber.
Pero en este momento sobran las ideologías, huelgan las críticas que aprovechan la coyuntura, los insultos a los políticos y los iluminados que nos dicen que “nos llevemos a nuestra casa a un inmigrante” si se nos ocurre alzar la mano pensando en la dignidad de las personas.
No son basura, no son un chapapote que contamina los mares, no son plagas, no son una epidemia que pone en peligro nuestras vidas. Son como usted, como yo, como todos; nunca debemos olvidarlo.
Todos compartimos la preocupación y la angustia.Los centros de acogida están colapsados y más de 60 personas fueron devoradas por el mar en lo que va de año.
Nos faltan medios, recursos, solidaridad plena de otras comunidades autónomas sin remilgos y sin poner en la picota, en estos momentos, leyes referentes a la inmigración.
La solución a la emergencia es cuestión de las autoridades políticas del Estado que posibiliten la infraestructura para acabar con el caos de estos momentos, convertido en un polvorín que amenaza con estallar en cualquier instante.
La respuesta es de una urgencia inmediata, solidaria, coherente, fuera del caldo de cultivo del populismo en pie de guerra.
Pedir colaboración a Marruecos es como pedirle al diablo que sea bueno. Poco se puede negociar con una dictadura en la que no se respeta los derechos humanos, en la que el Rey tiene la última palabra.
Marruecos hará todo el paripé, presumirá de cooperación con España, alzará la bandera de la lucha contra el problema de la inmigración: todo es mentira, todo es una patraña, todo se viste de una diplomacia corrompida por sus intereses anexionistas; y más ahora que Mohamed VI que, muy poco o nada ha hecho después de 27 años de reinado, se ha abrazado a Trump como una lapa.
Al Rey de Marruecos le importa un pepino la pobreza , la muerte y la miseria de sus compatriotas. Si fuera lo contrario no estaríamos hablando de lo que sucede. Los que se ahogan o desaparecen no son sus abogados o desaparecidos, son cosas, chusma utilizada para poner a Ceuta en Jaque... Resolver el problema migratorio supone que hablemos de guerras, de hambrunas, de epidemias, de expolotación de unos países sobre otros, de ser conscientes de lo que nos ciega y manipula para que sólo veamos los efectos y no las causas.
No deja de sorprenderme por qué Ceuta no está en la primera plana de las noticias nacionales. No puedo entender por qué el presidente del Gobierno no está en Ceuta. ¿Esto no es una emergencia nacional?
¿A quién le importa Ceuta? ¿Quién y cuándo oirá nuestro SOS?
Mientras tanto la ideología fascista gana terreno: los españoles primero, los inmigrantes son violadores, los inmigrantes nos roban, los inmigrantes destruyen nuestra cultura, los inmigrantes tienen que ser encarcelados, los inmigrantes tienen más derechos, los inmigrantes son terroristas, los inmigrantes tienen becas, pagas y todos los beneficios, los inmigrantes son la peste que avanza implacable. ¿Quién no compra ahora este discurso fascista?
Somos, y seguimos siendo la Ceuta que no sale en el mapa del tiempo de los telediarios.
¿Se atreverá Vivas a suspender las Fiestas Patronales? ¿Estará dispuesto a asumir decisiones de Calado?
Hasta aquí puedo leer.






