E ste pasado fin de semana nos impactaba la noticia de que en la costa libia cerca de 700 personas morían ahogadas camino del sueño europeo; a lo largo de los siguientes días las labores de rescate se sucedían ante la continua llegada de más inmigrantes y los avisos de nuevas tragedias en ciernes ante las costas de Italia. Asistimos en los informativos a lamentos y muestras de consternación de toda índole.
Los oímos procedentes de todas las Instituciones y Estados europeos. ¿Es posible atajar este estado de cosas? Ciertamente nuestra Unión Europea es la historia de un éxito económico y social: hemos sido capaces en un par de generaciones, de crear un espacio económico y político de libertad, un proyecto de prosperidad común como nunca había conocido nuestra historia. Es un proyecto en construcción, pero es igualmente cierto que vista desde fuera, Europa constituye un polo de atracción muy poderoso para miles de personas que quieren un futuro mejor para ellos y sus hijos. Son personas que no pueden ser culpadas por abandonar sus hogares en pos de un porvenir mejor. Gestionar estos flujos es un reto de Europa porque de alguna forma son el resultado y el síntoma del éxito del sueño europeo. Pero además, europea debe ser la solución porque la misma dimensión del problema en muchas ocasiones supera la capacidad de los Estados para hacerle frente, especialmente cuando coinciden diversos factores. El problema no se plantea solamente en la orilla sur del Mediterráneo: en comparación con el mismo periodo de 2014, las entradas ilegales han aumentado hasta en un 40% en el Mediterráneo central, pero en más de un 160% a través de la frontera terrestre con Turquía o en un increíble 990% en la zona de los Balcanes. Además de las razones de índole económica de todos conocidas, se suman otras que añaden incertidumbre al fenómeno: la situación de conflicto bélico en Siria e Irak, la inestabilidad creciente en todo el Oriente Próximo, el “estado fallido” en que se ha convertido la Libia post Gadhafi incapaz de ejercer un mínimo control sobre sus fronteras… Y para hacerlo aun mas complicado, la situación en ese país dificulta hasta la identificación del correcto interlocutor necesario para tratar el problema. Es evidente que la dimensión europea del problema no se limita a la escala de los flujos migratorios, aunque éste sea un componente relevante. Así, la presión fronteriza sobre nuestra Ceuta o sobre Melilla (o en su momento el drama de los cayucos en Canarias) plantea cuestiones similares a las que sufre Italia en Malpedusa, o Malta o Grecia. Por eso, la escala del problema es muy relevante, pero no es la única dimensión del problema. La Unión Europea debe asumir decididamente el liderazgo de una política común de inmigración, algo que sólo se ha hecho tímidamente hasta ahora. Ante un problema europeo, europea debe ser la solución, y ella pasa de un lado por articular un mecanismo claro que permita activar una respuesta europea rápida y dotada de suficientes medios. En la actualidad esa respuesta depende de la petición de ayuda de un Estado y es todavía muy limitada. Aunque se han dado pasos en la dirección correcta, aún queda un largo camino por recorrer. A menos que la UE sea capaz de reducir el número de embarcaciones que arriban a Italia y asegurar el control de otros puntos transfronterizos terrestres (como Ceuta y Melilla), el flujo de inmigrantes no hará sino incrementarse cada vez mas. Y para aquellas personas que consiguen llegar a las costas europeas y que no sean susceptibles de poder conseguir un estatus de refugiado político, deben articularse instrumentos de devolución rápida mediante acuerdos de readmisión con terceros países. No cabe plantearse tampoco la ingenuidad de ceder ante la violación ilegal de nuestras fronteras. Ese tipo de actitudes terminan pasando factura a lo largo del tiempo. Tanto la Unión como los Estados han invertido mucho dinero y esfuerzos en armonizar legislaciones, formar agentes de fronteras, introducir mecanismos de seguridad y vigilancia, crear centros de coordinación de las operaciones (EUROSUR), construir sistemas de recopilación de información y análisis de riesgos (FRONTEX)... Sin embargo el éxito en estas labores de impermeabilización de fronteras hace que aumenten los riesgos para los inmigrantes. Si no queremos convertir los elementos de vigilancia y control en instrumentos permanentes de rescates y por tanto generar un cierto efecto llamada es hora de reflexionar sobre otros elementos: por un lado, instrumentos de colaboración con países de origen y tránsito, un ámbito cuyo recorrido está limitado si se siguen manteniendo posiciones negociadoras basadas en políticas de inmigración que simplemente aspiren a controlar mejor las fronteras. Creo que es imprescindible negociar con nuestros vecinos para que sean socios estables para la gestión compartida de los flujos migratorios. Deben asumir plenamente sus responsabilidades y deben recibir todo tipo de ayuda en ese proceso. Seamos realistas: sin su implicación no será posible evitar estas tragedias. Por otra parte ,los conflictos bélicos que rodean a Europa no parece que vayan a tener un próximo final, y mientras estos duren el flujo de personas necesitadas de asilo va a seguir incrementándose: deberíamos reflexionar sobre la posibilidad de tramitar esas solicitudes de asilo en origen y con matriz y dimensión unitaria europea, como forma de gestionar anticipadamente situaciones que, de otra forma, podrían derivar en mas tragedias humanitarias. Pero estos planteamientos chocan sin duda de raíz con la realidad de 28 sistemas de asilo diferentes en Europa y de una Oficina Europea de Apoyo al Asilo (OEAA) que de poco ha servido desde su creación en 2011. En estos días hemos oído a Martin Schultz, presidente del Parlamento Europeo decir que: “Sin un enfoque europeo común basado en la solidaridad, que dé a las personas la oportunidad de venir a Europa legalmente, la próxima tragedia es sólo cuestión de tiempo”. Y es muy cierto. Seamos realistas para admitir que no podemos tener “políticas de inmigración 0”, que es ilusorio pensar en un continente cerrado al exterior. Distribuyamos esta solidaridad entre todos los socios europeos. Si, a la vez que aseguramos la impermeabilidad de nuestras fronteras, articulamos mecanismos ciertos y seguros de migrar legalmente a Europa impediremos lucrarse a los traficantes de seres humanos y generaremos confianza entre esos países terceros a los que necesitamos como nuestros socios en este proyecto. Después de las últimas y atroces tragedias en el Mare Nostrum, la Unión Europea debe alzar la mirada para ver más allá de sus costas. Continuar aplazando el reto de la inmigración no hará que desaparezca sino que contribuirá a empeorarlo.
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