Me sentía sola en casa y muy preocupada. Allá en las colinas, en los lugares donde las vallas se ven, estaba mi hombre protegiendo a su país.
La lluvia caía y yo empezaba mi romería de orar todo lo que sabía. Ya que nada más podía hacer para guarecer a mi querido dentro de alguna choza y librarle del diluvio universal que cayó en la noche del jueves.
Me contaba que cada instante había un salto que era en un pis plas desmontado por ese agente de la autoridad que se tenía que mojar.
"Es mi profesión". Pero es una situación inusual.
Los que deben atender a ser nuestro resguardo para evitar el acercamiento a nuestras protecciones, tan débiles, estaban en unos constantes descansos.
Y eso hacía que la primera, segunda y las líneas que fueren necesarias estuvieran totalmente cubiertas por esos beneméritos, vestidos de verde y empapados hasta la médula del agua con barro que estuvo cayendo en gran cantidad en nuestra ciudad.
Merecían un descanso. Pero esta noche fue mortal. Después de su jornada sí merecieron una gran relación de relax con desconectar de ese infierno de intentar saltar de esos hombres y mujeres que desean cambiar de nacionalidad.
Estos obreros de la seguridad sí merecen ese reconocimiento público de nuestra ciudadanía.
Y no un merecido pero incompleto descanso.
Yo solo deseo que vuelva a casa. Y teniéndolo ahora doy gracias a Dios.
Una bella carta de una mujer preocupada por su esposo.
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