Opinión

Ceuta: aquí sí pasa

Escribo estas palabras desde muchos lugares a la vez.

Las escribo como hija, como mujer de un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como madre y como maestra. Pero, sobre todo, las escribo como una mujer de Ceuta que observa lo que está ocurriendo y siente que hay momentos en los que callarse duele más que hablar.

Este verano parece habernos robado algo más que días de descanso. Nos ha robado tranquilidad. Nos ha dejado imágenes, conversaciones, miedo, preocupación y una sensación difícil de explicar a quien no vive aquí. Porque detrás de cada titular hay personas. Hay familias. Hay policías, guardias civiles, sanitarios, docentes, vecinos. Hay madres esperando que sus hijos vuelvan a casa. Hay mujeres esperando a sus parejas después de una jornada de trabajo. Hay niños que escuchan conversaciones que quizá nunca deberían formar parte de su infancia.

Y después llegan las palabras.

Racistas. Xenófobos. Islamofobia.

Qué fácil es pronunciar determinadas palabras desde lejos. Qué fácil es juzgar a una ciudad entera sin conocer sus calles, sus colegios, sus familias ni su realidad cotidiana.

Cada mañana entro en un colegio donde los nombres, las culturas, las costumbres y las historias se mezclan con la naturalidad con la que solo saben hacerlo los niños. Allí no se enseña a unos y a otros. Se enseña a los alumnos. Se les abraza cuando lloran, se celebra cuando aprenden, hay preocupación cuando faltan y se conocen las historias que hay detrás de muchas de sus miradas.

Por eso duele especialmente que defender que Ceuta necesita seguridad, recursos, orden y respuestas pueda convertirse automáticamente en una acusación de racismo y tampoco puede valer decir que aquí “no pasa nada” que hay normalidad.

Porque sí pasa.

Pasa cuando una ciudad pequeña soporta situaciones extraordinarias como si fueran ordinarias. Pasa cuando quienes están en primera línea sienten que se les exige resistir indefinidamente. Pasa cuando una frontera, un barrio, una playa o un centro educativo dejan de ser simplemente lugares y se convierten en escenarios de problemas mucho más grandes que las personas que están ahí.

Y pasa cuando llega septiembre.

Porque después de este verano se vuelve a la rutina a los colegios, a las extraescolares...a un día a día que no va a ser como lo conocemos.

Y allí estarán nuestros alumnos, nuestros hijos...nuestros menores...los que también tienen derechos y parece ser que se han olvidado.

En los niños de Ceuta. En los que han vuelto al colegio con una realidad que nunca debería formar parte del camino de un niño hacia su aula. Ven militares, policías, controles, uniformes en las carreteras y en los accesos por los que cada mañana deberían caminar pensando únicamente en quién se sentará a su lado, en el recreo, en estrenar una mochila o en contarle a su maestro lo que hicieron durante el verano. Algunos preguntan qué ocurre, otros no asisten. Otros quizá ya se han acostumbrado demasiado a cosas a las que ningún niño debería acostumbrarse. Y eso es lo que más duele. Porque mientras los adultos hablamos de fronteras, cifras, responsabilidades, política o racismo, ellos solo son niños intentando entender el mundo que les hemos puesto delante. Y cuando finalmente crucen la puerta del colegio, allí estamos nosotros. Los maestros. Intentando que, al menos durante unas horas, todo lo de fuera pese un poco menos.

Pronunciaremos sus nombres —alguna vez mal, y ellos nos corregirán entre risas, porque aquí todos aprendemos—, les pondremos una mano en el hombro y diremos: «Buenos días. Vamos a empezar». Y quizá nunca seamos del todo conscientes de lo importante que puede llegar a ser esa pequeña normalidad cuando fuera nada parece normal. Ese es mi trabajo. Ser maestra. Pero ser maestra no me obliga a cerrar los ojos cuando salgo del colegio; quizá precisamente porque soy maestra me resulte imposible hacerlo.

Ser solidaria no significa renunciar a pedir seguridad, no podemos olvidar la dignidad de quien está.

Y querer una Ceuta acogedora jamás debería ser incompatible con querer una Ceuta segura.

Soy hija y sé lo que significa esperar.

Soy mujer de un policía y sé lo que significa despedirse antes de un servicio sin saber qué jornada le espera.

Soy madre y sé que existe un miedo que no se explica: el miedo que aparece cuando aquello que ocurre fuera puede terminar alcanzando el mundo de tu hijo.

Y soy maestra.

Quizá por eso me niego a aprender a mirar hacia otro lado.

No quiero una sociedad con miedo, no quiero una sociedad que viva en alerta continua, no quiero que esto nos lleve a enfrentarnos a los que hacemos bonita y única está ciudad. Y tampoco quiero una sociedad que convierta en culpable a quien pide soluciones.

No quiero odio.

Quiero responsabilidad.

Quiero que quienes tienen capacidad para gestionar lo que está ocurriendo asuman su responsabilidad.

No quiero que Ceuta sea utilizada como arma política.

Quiero que alguien la mire de frente.

Que venga.

Que camine por sus barrios.

Que escuche a sus vecinos.

Que hable con quienes patrullan sus calles y sus costas.

Que entre en nuestros colegios.

Que conozca a nuestros niños.

Y después, solo después, que nos explique desde aquí que no pasa nada.

Porque Ceuta no necesita más etiquetas.

Necesita respuestas.

Necesita medios.

Necesita que se mire también por quién está, por su gente, por sus niños...por sus mayores.

Necesita que dejemos de enfrentarnos entre nosotros mientras los problemas siguen creciendo.

Este verano terminó. Y ha llegado septiembre. Hemos guardamos las maletas, ha sonado de nuevo el despertador y las puertas de los colegios se han vuelto a abrir.

Y cuando nuestros alumnos han cruzado la puerta del colegio, hemos hecho lo de siempre: recibirlos, mirarlos a los ojos y recordarles, sin necesidad de decirlo, que aquí están a salvo. Dejamos fuera, aunque solo sea por unas horas, los uniformes, los controles y una realidad demasiado grande para sus pequeñas espaldas. Dentro vuelven a ser simplemente niños: los que ríen, preguntan, aprenden, se equivocan y sueñan.

Y nosotros estamos aqui, como siempre, intentando que ninguna frontera sea jamás más grande que sus sueños.

Pero cuando salga de esta puerta seguiré pidiendo lo mismo que hoy:

Que cuiden de nosotros.

De nuestros hijos.

De nuestras familias.

De quienes visten un uniforme.

De quienes enseñamos.

De quienes llevan toda una vida construyendo esta ciudad.

Porque pedir que las cosas se hagan bien no nos convierte en racistas.

Pedir seguridad no nos convierte en xenófobos.

Decir que tenemos miedo no significa odiar a nadie.

Significa que vivimos aquí.

Que lo estamos viendo.

Que lo estamos sintiendo.

Y que queremos seguir creyendo en una Ceuta donde nadie tenga que elegir entre humanidad y seguridad.

Porque ambas deberían caminar siempre juntas.

Por nuestros hijos.Por nuestros alumnos.Por quienes nos protegen.Por quienes necesitan protección.Y por Ceuta.

Una ciudad que merece algo mucho mejor que acostumbrarse a escuchar que “no pasa nada”.

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