En unos momentos en que todo es salpicado por el pesimismo, parece que se enciende una luz tenue de esperanza para una profesión herida de muerte hace ya años. El periodismo se ha convertido en una ideología, de izquierda o de derecha, depende quién pague.
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, declaró en una entrevista a Televisión Española que desde que se inventó la imprenta, la libertad de imprenta es la libertad del jefe de la imprenta. Y otro detalle, que el periodista no es portavoz de la opinión pública, sino de la opinión publicada.
Ryszard Kapuscinski en su artículo “La información como mercancía”, ya nos avisaba de la involución de la evolución: “la principal consecuencia de la revolución electrónica ha sido el descubrimiento de que la información es una mercancía que puede reportar grandes ganancias”. También nos advertía que el valor de la información no radica en la verdad sino en el interés, por eso los medios cubren y prestan más atención a los asuntos que atrae a la manada.
Y a raíz de esto último, los medios parecen desprenderse de la ideología porque el interés ciudadano reporta más ganancias y lava relativamente conciencias de empresarios y trabajadores periodistas. Por eso televisiones, radios y periódicos denuncian la corrupción, porque en un momento de crisis, la manada no consiente que algunos coman caviar y la mayoría huesos.
No nos engañemos, este resplandor que emite el periodismo es por interés no por convicción, pero es útil para la sociedad. Los medios han abierto la caja de Pandora y los ciudadanos conocen un repertorio nauseabundo de ejercicios malabares-numéricos de dirigentes que ocupan las altas esferas: casos como el de Bárcenas, Urdangarin, Gürtel, Oriol Pujol, Fundación Ideas,… (la lista todavía no se ha cerrado).
Parece que el periodismo se está encargando de airear un país corrupto, de políticos, nacionalistas y sindicalistas que han montando un circo en el que ellos son protagonistas y público, y que han logrado crear una dictadura legal con apariencia de democracia, en la que hagan lo que hagan, como mucho habrá un cambio de collar pero no de perro. Un país de ayudas y subvenciones, en el que se ha olvidado la cultura del trabajo, sencillamente porque casi cinco millones de españoles no lo tienen. Un país en el que nuestros dirigentes luchan por la memoria histórica, pero que se olvidan de declarar a Hacienda todas sus ganancias y todos sus bienes. Un país en el que nos advierten o nos amenazan que nuestros hermanos europeos pagan más impuestos pero no se acuerdan de una sutil diferencia: que nuestros sueldos son más bajos. Un país que mira con miedo a una Europa que tiene la capital en Berlín y es presidida por una führer. Un país en el que según el último estudio del CIS no aprueba ningún político, ni del gobierno ni de la oposición, pero les da igual, van a seguir en el círculo, y si alguien cuestiona el sistema es un retrógrado: ¿es anticonstitucional pensar en un sistema tecnócrata, en el que a presidente, o a vicepresidente, o a ministro, o a secretario de estado, lleguen los mejores en su materia mediante oposiciones? Es evidente que son opciones ilegales porque si se impondría este sistema la mayoría de políticos no llegarían ni a conserje, no sabrían ni hacer fotocopias, y por supuesto, desconocerían para qué sirven los sobres. ¿No se han fijado lo bien que han delineado el sistema nuestros dirigentes?: para graduarse es necesario un nivel intermedio de un idioma, y sin embargo a nuestro presidente del gobierno no se le exige nada, al igual que a congresistas y senadores.
Pero a pesar de los síntomas de mejora, el periodismo todavía esconde sus vergüenzas: los periodistas acuden a comparecencias de políticos en las que no se permiten hacer preguntas (¿seguro que ya no hay franquismo?); las opiniones de los medios están influidas por el dinero de los anunciantes; en los conflictos bélicos, los periodistas son un cuerpo más del ejército;…
Quizá la resurrección del periodismo ha llegado en el momento apropiado. La manada pide revolución. La manada cuestiona el sistema político, y eso no significa que quiera una dictadura. La manada anhela justicia, y la solución más viable es una tecnocracia. Sobran políticos, asesores, nacionalistas, sindicalistas. Faltan tecnócratas, personas que aporten soluciones y no añadan más problemas al saco.
Mientras tanto, la función de los periodistas es contarle a la manada lo que sucede y que una minoría pero con mucho poder trata de ocultar.
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