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Resurrección inmortal

Miguel de Molina, encarnado por Ángel Ruíz, ‘revivió’ anoche en Ceuta en un espectáculo que llenó el Teatro

Miguel de Molina era así: un genio. Y como tal, la imaginación, el talento y la improvisación sorprendían casi en cada momento a quien estuviera cerca de él. Y a su público. El reloj marcaba las 21:10 cuando el respetable que llenó anoche el Teatro Auditorio del Revellín aguardaba ya con cierta impaciencia el inicio de la obra, titulada ‘Miguel de Molina, al desnudo’, y cada espectador mantenía fija la mirada hacia el escenario. Pero nada, no comenzaba. Pero nada, no aparecía el álter ego del artista malagueño, encarnado por el actor y cantante navarro Ángel Ruíz.
Hasta que, de pronto, desde la puerta de acceso a las butacas surgió una voz, un hombre enfundado en una capa, un artista bajo su sombrero cordobés: era el protagonista de la obra. Todas las cabezas se giraron entonces hacia atrás, sorprendidas y admiradas. “Qué me ha costado llegar hasta aquí, qué tardecita, uf el barquito…”, bramó la voz mientras descendía los peldaños, uno a uno, hasta llegar, entre una cerrada ovación al escenario.
Ahí comenzó el espectáculo, un repaso a la vida y obra del gran artista malagueño, a través de confesiones, críticas políticas, bromas, enfados y canciones, muchas canciones. Estas, las piezas musicales, bien acompañadas por el piano por César Belda, estuvieron interpretadas con nivel y estilo –entre ellas Ojos verdes, La bien pagá, Compuesta y sin novio, Me da miedo de la luna, La rosa y el viento, El zorongo, Te lo juro yo, Triniá o Agüita del querer, todas ellas muy aplaudidas e incluso cantadas–, no así el andaluz, estridente y forzado, que ejecutó el actor navarro.
Perfecto fue, eso sí, el vestuario. Tan semejante al que utilizara en su época Miguel de Molina, que era, en realidad, –casi– el mismo: “Las camisas originales están cedidas por la Fundación Miguel de Molina”, anunció la propia organización.
Las coplas tomaron protagonismo y, de manera paralela y consecuente, un trozo de la España de la posguerra, de esa época gris y fría que obligó al artista malagueño a exiliarse a Buenos Aires, a esa Argentina donde falleció Miguel de Molina. Donde se le apagó la voz y el cuerpo en la tierra, aunque no del todo: porque, como anoche se pudo comprobar en el Teatro Auditorio del Revellín, su arte sigue vivo hoy día: la resurrección inmortal de un mito, pues.

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