A decir verdad, nunca he sido muy partidario de las etiquetas (en casi todas las acepciones del término), pero menos aun en lo que a literatura se refiere; las únicas fórmulas válidas en este sentido, a mi modo de ver, son si una obra se nos revela buena o mala; si nos trasciende y convence, o por el contrario, consideramos que ha resultado una pérdida total de tiempo. Por otro lado, independientemente de la falta de precisión que comporta generalizar sobre algo, etiquetar una obra literaria supone prejuzgar, asumir que se pertenece a un género cerrado o sujeto a una estructura concreta, cuando por el contrario, toda literatura debe ser esencialmente libre e innovadora.
Actualmente, etiquetar o clasificar una novela, salvo cuando es una mera herramienta de distribución en una estantería, suele ser una tarea ardua, pues en la mayoría de las ocasiones, éste tipo de obras está compuesta por multitud de capas, influencias y referencias que se superponen y que trascienden sus propios límites. A pesar de lo cual, si alguno se decide a buscar la novela que se ha propuesto para este mes en el Club de Lectura de la Biblioteca Pública del Estado ‘Adolfo Suárez’, no tendrá más remedio que ir a rescatarla de entre los anaqueles de la sección de “Narrativa policiaca/Novela negra” de cualquier librería. Respirar por la herida, de Víctor del Árbol, es ante todo una obra difícil de etiquetar en un género concreto. Después de su lectura, y de conocer más en profundidad la obra gracias al inestimable y plural punto de vista que nos ofrece el debate en el Club, a algunos de los miembros allí presentes nos pareció que esta novela transita en efecto por terrenos muy reconocibles del género negro y policíaco, pero es sobre todo un thriller , una novela de intriga, un relato intenso que nos angustia y atrae a partes iguales y en el que el genial pulso del autor va desenredando y dosificando con paciencia de artesano el suspense y la tensión, consiguiendo, en más de una ocasión, que al lector se le encoja verdaderamente el corazón. En Respirar por la herida, el narrador omnisciente nos traslada al año 2005, donde nos presenta a Eduardo Quintana, un afamado retratista para el que la vida ya no tiene sentido desde que perdió a su esposa e hija en un trágico accidente de coche. A partir de ahí, y con varias tentativas de suicidio a sus espaldas, pasa los días inmerso en un pozo de tristeza y alcoholismo pertinaz, incapaz de cerrar la profunda herida que le atormenta. Pero su vida da un giro inesperado cuando, a través de Olga, su marchante, recibe un encargo insólito; Gloria Tagger, una prestigiosa violinista casada con un famoso director de cine, le pide que pinte el retrato de Arthur Fernández, un rico empresario responsable de la muerte de su hijo y de otra niña, ávida por comprender qué se esconde tras su rostro, averiguar qué siente, qué piensa. Eduardo aceptará el trabajo y comenzará a realizar el retrato de Arthur, recién salido de prisión. A cada pincelada, y a medida que cobra forma la obra, los recuerdos y los sentimientos comenzarán a renacer en Eduardo, al mismo tiempo que el pasado vuelve a cobrar protagonismo, tratando así de encontrar respuesta a los múltiples interrogantes que quedaron abiertos años atrás (…y hasta ahí puedo leer). El autor, Víctor del Árbol (Barcelona, 1968), por otra parte y según ha referido en alguna entrevista, ya desde muy pequeño sentía el anhelo de ser escritor. Siendo el mayor de seis hermanos, su madre lo dejaba en la biblioteca desde la salida del colegio hasta la hora de cenar para poder acudir a su trabajo de limpiadora. Esto le permitió leer multitud de libros que alimentaron su vocación. Fue seminarista durante cinco años, en el seminario de Ntra. Sra. de Montealegre, para más tarde cursar estudios de Historia en la Universidad de Barcelona y trabajar más de veinte años como mosso d’Esquadra. Recibió asimismo el Premio Tiflos por su primera novela El peso de los muertos, convirtiéndose en uno de los autores más leídos en la actualidad. Una muestra del gran talento narrativo de este autor y que se percibe nada más entrar en contacto con la novela es, desde mi punto de vista, su inquebrantable voluntad de estilo, que lleva a cabo a través de una prosa fluida, concisa y depurada y unos diálogos sugestivos y bien construidos, pero sin renunciar un ápice al entretenimiento en estado puro, ni ceder en su ambición por alentar al lector a que sea capaz de fijar sus ojos en el funcionamiento del mundo en que vivimos, ofreciéndonos de paso una ácida y descarnada mirada de nuestra sociedad en crisis. Diseña de ese modo, con un suspense refinado y eficaz, un puzzle en el que al final todas las piezas terminan por encajar. Víctor del Árbol despliega todo su arte a la hora de mostrarnos el envés del artificio, planteando unas subtramas muy ricas y hábilmente proyectadas, como si se tratasen de matriuskas –esa típica muñeca rusa que aguarda a su vez en su interior otras más pequeñas–, gracias a un magistral desarrollo cargado de sorpresas y giros argumentales, permitiendo que un personaje nos lleve a otro y a su intrahistoria, estando todos conectados a un nivel tan elaborado que cada uno de ellos viene a convertirse en protagonista en cuanto hace aparición en la novela, llegando casi a relegar a Eduardo a un mero nexo en común entre todos ellos. Y es que es en el diseño de sus personajes donde reside la verdadera fuerza de Víctor del Árbol; solamente a través de su solidez, de su complejidad psicológica, y de la multitud de matices que presentan, es capaz el lector de llegar a comprender sus más profundas motivaciones, y de paso nos ofrece un mirador privilegiado desde donde podemos escrutar, con sus luces y sus sombras, en qué consisten verdaderamente la condición y la contradicción del ser humano. No son personajes buenos ni malos per se, sino que lo son a un tiempo y empujados por las circunstancias de la vida. Son todos ellos, como digo, personajes llenos de aristas y heridos por la pérdida, el dolor y la desesperanza, a los que la vida ha marcado de forma inexorable, que sobreviven atrapados en el terreno cenagoso de su desgracia, (todos siguen viviendo gracias a sus heridas, de ahí lo oportuno del título) hasta el extremo que han llegado a hacer de la venganza y la violencia el motor de sus vidas. Respirar por la herida es en definitiva, una lectura que no deja indiferente, que nos remueve por dentro y que nos mantiene absortos hasta la ultima línea, una delicia para los sentidos ( se encuentra además trufada de referencias musicales que van desde Miles Davis a Mahler, pasando por Strauss y Schubert) aunque un poco áspera para el alma. Y es que casi todos los avatares de la existencia ya están en las novelas.





