Este verano en Ceuta ha dejado una imagen anómala, acostumbrados a arenales repletos de sombrillas, familias buscando un hueco en la arena, niños jugando y bañistas entrando y saliendo del agua, tras la invasión, este escenario desapareció.
En julio y agosto, encontrar un espacio libre puede convertirse incluso en una tarea complicada. Este año, la fotografía ha sido muy diferente.
Las entradas masivas cambiaron también la vida en las playas. El miedo, la sensación de inseguridad y la preocupación por la salubridad hicieron que muchos ceutíes dejaran de bajar.
La resistencia
En El Chorrillo, sin embargo, hubo quienes se resistieron. Un pequeño grupo de bañistas siguió ocupando su espacio y convirtió la playa en una especie de pulso a inmigrantes, negándose a perder un espacio más de Ceuta.
Allí se conocieron, se juntaron y, ante la sensación de inseguridad, terminaron formando grupos que se mantenían cerca para sentirse más tranquilos.
Gabriel Moreno reconoce que antes acudía a la playa con normalidad y que ahora lo hace “con precaución”.
Duchas como aseos en pleno centro también
Cuenta que durante el verano las duchas públicas fueron utilizadas por personas que se aseaban y que algunas llegaron a dormir en la zona.
“Esto estaba lleno”, explica. Para él, esa situación provocó que muchas personas mayores sintieran miedo y dejaran de acudir.
“Si tú vienes en pleno verano y ves que toda la playa está llena de inmigrantes y no hay nadie de Ceuta, da pena”, relata.
También recuerda que llegó a utilizarse seguridad privada en la playa, una imagen inédita para muchos ceutíes.
“No podemos dejar de venir”
Ángel decidió continuar bajando. Lo hizo, entre otros motivos, por su tía, de 87 años, a quien le encanta la playa.
“Yo tengo aquí a mi tía y no vamos a dejar de venir porque la gente se asuste”, cuenta. Para él, seguir acudiendo era una forma de defender ese espacio de la ciudad. “Yo decía a todo el mundo que había que seguir viniendo, que no podemos dejar este espacio”.
Una playa sin niños
Durante esas semanas llegó a crearse una pequeña comunidad entre quienes continuaban en la arena. Personas que antes apenas se conocían comenzaron a saludarse, compartir espacio y permanecer juntas.
Ángel recuerda especialmente una imagen: el 14 de agosto grabó un vídeo porque “no había un niño en la playa”. Para él, aquello fue una imagen preocupante y triste.
La preocupación por la higiene fue otro de los motivos que más escuchó entre los ceutíes. Habla de duchas utilizadas con jabón, ropa tendida y residuos acumulados.
Juntos para sentirse más seguros
Agustín también ha estado durante todo el verano en El Chorrillo. Acudía a diario y permanecía allí hasta la tarde. Con el paso de las semanas, comenzó a notar cómo la playa se vaciaba.
La sensación de inseguridad hizo que los pocos grupos que permanecían en la playa comenzaran a juntarse. “Nos poníamos todos juntitos”, cuenta. Llegaron a ser unas 34 personas que compartían espacio para sentirse más protegidas.
Un cambio drástico
Carlos, otro de los bañistas que nunca dejó de acudir, habla de un “cambio drástico”. Recuerda que en julio y agosto la playa estaba llena y que incluso había “turnos de mañana y de tarde”. Este verano, en cambio, fueron “cuatro gatos”.
Para él, la causa fue principalmente la sensación de inseguridad. La consecuencia fue emocional: “Se siente una tristeza enorme”.
Una imagen difícil de olvidar
Este verano ha dejado una imagen difícil de olvidar: arenales prácticamente vacíos en plena temporada y un grupo de ceutíes que decidió convertirse en resistencia.
Una pequeña resistencia que, más allá de las circunstancias, quiso conservar algo tan sencillo como darse un baño en su playa.





