Opinión

Requiem por una Pavana

En este querido pueblo y en una calle céntrica, hay un pequeño bar. Es recogido, limpio, cuidado y muy familiar. Su dueño es un hombre típico caballa: charlador, gritón, lleno de puyas contra sus amigos y conocidos, discutidor y amable, cariñoso y áspero.

Todo a la vez. Pero es un buen hombre. Un día encontró una pavana, casi recién nacida y con signos de desnutrición, cosa nada extraña, pues ya hace años que a las pavanas de Ceuta les quitaron, primero las traiñas con su pesca diaria, de la cual se alimentaban y, luego, se acabó con “el vacie”, donde miles de ellas encontraban el alimento.

Con paciencia y cariño, consiguió que la pavana joven comiera. La pavana engordaba y venía a diario al bar, a por su rancho. Era digno de ver la escena: la pavana, subida en uno de los coches que aparcan al lado del bar.

“Ese es el milagro, que una simple pavana mejore el corazón de los hombres y nos haya traído alegría”

Cuando aparece el dueño, se baja del coche a la acera y andando, caminando por la acera, se introduce en el bar y come de la mano de mi amigo. Y come bien: jamón cocido, mortadela, tortilla de patatas (hay quien dice que le gusta más con cebolla), en fin, tan bien se alimentaba que se puso hermosa, la pavana más guapa de Ceuta.

Y no faltaba a su cita diaria, subida en el techo de cualquier auto de los allí aparcados. Pero hace tres o cuatro días, al llegar al bar, me encuentro con mi amigo y lo noté raro. Me contó, con tristeza, que ese día, y después de comer nuestra pavanita, al remontar el vuelo, un coche se la llevó de un golpe y la mató. La encontró encogida en el suelo y ya muerta.

Y, cuando me contaba esto, yo vi la tristeza en mi amigo y hasta me pareció ver cómo se le humedecían los ojos, demostrando el cariño que le tenía. Y eso es lo que hace a los hombres más buenos, más humanos y de gran corazón. A mi amigo, la pavana lo ha mejorado. Ese es el milagro, que una simple pavana mejore el corazón de los hombres y nos haya traído alegría al verla tan cómoda con nosotros. Por cierto, la pavana tenía un nombre curioso ; se llamaba, se llama Puigdemont. Así que descanse en paz nuestra pavana y que, allí donde esté, sueñe con la mortadela de mi amigo.

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