Editorial

Rehabilitar y conservar: una apuesta que siempre gana

Hay ciudades que guardan su historia en los libros, y ciudades que la llevan escrita en la piedra.

Ceuta es de las segundas. Por eso la rehabilitación del entorno del Baluarte de los Mallorquines no es una obra más en el calendario municipal: es un acto de justicia con la memoria, con el paisaje y con quienes cada día transitan por ese rincón sin saber del todo lo que pisan.

Recuperar lo que siempre fue la entrada a la ciudad amurallada es devolver a Ceuta uno de sus gestos más genuinos.

Las murallas no son solo patrimonio; son el argumento urbano sobre el que se construyó esta ciudad, la piel más antigua de un territorio que ha sabido resistir el paso del tiempo con una dignidad que merece ser honrada.

Que ese acceso recupere su protagonismo y su legibilidad histórica es una noticia que va mucho más allá del urbanismo.

Pero la rehabilitación trae consigo algo más que piedra restaurada. El Cristo de los Afligidos, imagen de devoción profunda y arraigo popular, contará por fin con una capilla digna de su significado.

Quienes le profesan devoción saben que ese vínculo no necesita de grandes arquitecturas, pero también saben que merece un espacio que lo acoja con el respeto que la fe y la tradición exigen. Esa deuda queda saldada.

Y todo ello enmarcado en una intervención que dotará de unidad estética a una zona que hasta ahora presentaba una imagen algo fragmentada, incapaz de transmitir la grandeza del conjunto que la rodea.

La coherencia visual no es un capricho: es la condición necesaria para que el ciudadano y el visitante puedan leer el espacio, entenderlo y, en definitiva, quererlo.

Ceuta se merece este regalo. Y sus murallas, después de tantos siglos, también.

Queda ahora la responsabilidad de estar a la altura de lo que se recupera. Una intervención de este calado no termina con la inauguración ni con el corte de cinta; comienza ahí. El mantenimiento, la difusión y la puesta en valor de este enclave deben ser compromisos duraderos, no promesas de un día.

Que el Baluarte de los Mallorquines vuelva a ser la puerta de la ciudad amurallada es un logro que costará generaciones repetir si se descuida. Cuidarlo, contarlo y convertirlo en motivo de orgullo colectivo es, a partir de ahora, tarea de todos.

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