Esta semana fue día de Reyes Magos: cabalgatas, caramelos, carrozas, música, regalos, ilusiones, roscón, café para los Reyes cuando visitan nuestra casa y agua para los camellos, agotados de recorrer el planeta en un día.
No siempre se acierta con los regalos porque también sus majestades, por muy magos que sean, se hacen líos, pero la ilusión es un regalo en sí mismo, es como el amor platónico que desaparece cuando se materializa.
Valoramos las cosas cuando las perdemos: la salud, el amor, la amistad, la ausencia de abrazos, los besos que se fueron a otros labios y la soledad de la pérdida.
El tiempo es el regalo, algo inmaterial que se materializa: tener tiempo, comprar tiempo, disponer de tiempo, parar el tiempo, retenerlo con la idea de que no podrá escaparse.
El río de Heráclito, la eternidad de un segundo, los días, los meses y los años que nos devoran, que entran en nuestra vida que se va consumiendo paulatinamente.
¿Qué daríamos por regresar de nuevo, por volver para hacer lo que realmente era importante? Pensábamos que teníamos todo el tiempo del mundo, pero Cronos nos va devorando.
Cuando nos dicen que queda un año de vida, que una persona que quisiste ha fallecido reflexionas sobre las oportunidades que se desvanecen por creer que ya tendrás tiempo y tal vez las lágrimas se conviertan en horas. Nada vuelve, nadie vuelve, todo es pasado si rechazamos un presente pensando en un futuro imaginado
Hoy el Cañonazo sonará a las 12, pero será distinto que el de ayer y del que mañana.
Querido Reyes, quiero kilos de tiempo.
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