El tiempo no es solo una medida. Es un momento de la historia. Un instante donde ocurre algo. Eso no es una verdadera definición.
Yo comienzo una andadura. Esa que todos queremos y deseamos durante tantos instantes y cuando llega el momento de decidir lo que vamos a hacer, aparece una figura.
Esa que nadie sabe de dónde viene, ni por qué ha llegado a ese preciso instante y es capaz de mandar al traste a unos sentimientos que son tan profundos como el océano.
Muchos lo comprenden y otros, ¡ay el dolor que les afligen!
No sólo se consuela con llorar, recordar o añorar esos precisos instantes que han desaparecido de un plumazo, de la fase de la Tierra y han pasado a ser meros recuerdos.
Se dice que el tiempo cura las heridas. Pero eso no es verdad. Las mismas llegan y no se van de la noche a la mañana. Hay una convalecencia que puede tener un tiempo preciso, o puede ser permanente.
Vengo de aquí, de estar junto a un hombre de honor, que desea dar de comer a los suyos. Pero en el camino ha encontrado un resquicio de un amanecer, de una ilusión de un tal y cual, que frenará el poder tener un mañana.
No quiero comprender nada de la parte que aboga por una reivindicación. Del mal trago de unas ideas.
Solo deseo aliviar al afligido que no sabe por qué está llorando hoy.
Y por qué no podrá en el futuro darle unos besos a sus hijos, familiares, amigos, compañeros.
Es algo que sale de nuestro entender.
Pero que desearía en unos momentos estar junto a ese hombre o mujer que ha decidido dar ese temible paso.
Ese instante donde la perdida de una vida humana es hecha.
Ese momento donde sin pensar ha apretado ese arma, que desalienta a toda una series de personas, que lanza por los aires unos planes de convivencia, de futuro y deja fuera de si a muchas personas que querían estar con ese ser humano.
Lloro, y no por impotencia, ni por desconsuelo, sino por ignorancia de no saber por dónde coger a esos asesinos de mente tan fría.
Perdido en la historia están muchos de ellos. No han podido tener ese momento donde puedan relatar los instantes donde daban por terminada la etapa de un hijo de su madre, o esposo de una mujer, o padre de unos hijos, que lo echarán de menos y que rezarán para que allí en el otro mundo lo esté pasando mucho mejor que lo ha podido pasar en este que ha sido despojado de nuestra presencia.






