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Recuerdos de la ‘dulce cárcel’

Por Redacción
17/08/2013 - 20:23
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Uno de los inmigrantes indios que vivía en un campamento en el bosque ceutí visita la ciudad tres años después de su marcha. En la actualidad tiene tarjeta de residencia y trabajo

“Puedo caminar por aquí a las doce de la noche sin luz y sé por dónde voy”, responde Babu cuando se le pregunta si aún recuerda el camino que llega hasta el campamento en el que desarrolló junto a otros inmigrantes indios su lucha para conseguir el sueño de quedarse a vivir en España.
Una vez allí, los sentimientos a flor de piel. “Cómo ha cambiado esto”, dice mientras va subiendo por el camino que se sitúa entre la Protectora de Animales y el centro Canisfam. Al llegar a ‘la puerta’ del bosque mira hacia la península y suspira. “Ahora estoy en Ceuta porque quiero, no porque no pueda salir de ella”, dice.
Babu se adentra en el bosque haciéndose paso entre la zarza y los arbustos, y llega al punto clave. “Cómo ha cambiado esto”, insiste, para asegurar que cuando en esta zona se levantaba su campamento estaba todo “súper limpio, ahora está todo sucio”. Conforme va andando se encuentra con un colchón, que había sido utilizado por ellos durante su experiencia en el bosque. “Aquí estaba la cocina”, explica señalando una zona en la que hoy sólo hay arbustos. Se sienta en la rama de un árbol que descansa en el suelo y comienza a recordar. “Me siendo nervioso por todo lo que ha pasado estos años en este mismo lugar”, reconoce con voz tenue. “Aquí pasamos todos juntos, como una familia, buenos y malos momentos”, comenta.
En la avalancha de recuerdos que rondan por su memoria aparecen también los ceutíes que les ayudaron en aquellos momentos tan duros, en el viaje hacia el punto de inflexión de sus vidas. La Comunidad Hindú, la Asociación Elín con la hermana Paula al frente, los miembros de San Antonio, en especial Maite... Personas cuya ayuda supuso un empuje para unos jóvenes que sólo buscaban una vida mejor.
Babu continúa caminando por el lugar en el que durante tres años se hicieron fuertes y se agarraron a la esperanza de no ser deportados y poder cruzar el Estrecho para buscarse la vida en la península. “Me alegro que haya terminado aquella historia. Espero que nadie más tenga que venir aquí, que se vaya a la península. Vámonos de aquí, que me pongo a llorar”, afirma.
El bosque no es el único lugar que ha visitado en su viaje a Ceuta algo más de tres años después de que salieran de la ciudad hacia el CIE de Algeciras, el primer paso hasta conseguir lo que tiene en la actualidad: tarjeta de residencia y un trabajo en Madrid. “Desde que tengo papeles ha cambiado mi vida”, asegura.
Otro de los lugares con gran carga emocional para él es el Centro Comercial Parque Ceuta. En sus alrededores se reunía el colectivo e intentaba conseguir algo de dinero aparcando coches. Este grupo se repartía por toda esta zona y buscaba parte de su sustento en la actividad que generaban los centros comerciales. Concretamente, Babu trabajaba aparcando coches en los alrededores de San Pablo.
El camino comprendido entre la zona comercial del Muelle de Poniente y el extinto campamento también lo recuerda perfectamente. “Qué recuerdos –vuelve a decir–. La misma calle, la Playa Benítez... Pero ahora vengo por aquí porque me apetece, no por obligación”, insiste, mientras su rostro es fiel reflejo de la satisfacción que siente en ese momento.
Babu asegura que nunca olvidará la ciudad “porque en ella cada momento fue una historia de lucha”, dice, ni tampoco a su gente. Esto es recíproco, ya que cuando pasea por Ceuta hay quien le para y le pregunta cómo le va. “Voy por la calle y me reconocen. Les da alegría verme”, añade.
Así, la ‘dulce cárcel’, como siempre la recordarán debido a que se convirtió para ellos en un presidio abierto que les impedía encauzar sus vidas hacia la prosperidad y el bienestar, siempre estará en la mente de estos inmigrantes indios.

De Ceuta a Lavapiés

En la actualidad, Babu reside en el barrio madrileño de Lavapiés, donde comparte piso con Vinda, otro de los miembros del colectivo que habitó el bosque.
Desde hace unos seis meses está contratado en un establecimiento hostelero que vende kebab, lo que le proporciona recursos económicos para poder vivir.
Este joven indio de 29 años, edad que cumple hoy mismo, compartirá su experiencia de visitar Ceuta con los otros miembros del colectivo que residen por la capital. Por ello, hace fotos de los lugares por los que va pasando y que nunca se borrarán de su memoria, de la biológica. Una vez que vuelva a Madrid, reunirá a sus amigos y les mostrará las fotografías. “Hay gente que no puede venir a Ceuta. Hago fotos para enseñárselas. También hago todo esto por ellos”, concluye.

Viajará a la India nueve años después de su salida

Desde que comenzara su ruta desde la India hasta Ceuta, Babu no ha vuelto a la tierra en la que nació y donde vive su familia. Viajará hacia allí el próximo día 28 y espera que sea inolvidable. “En mi pueblo todos están muy contentos. Todos me esperan”, dice con ilusión. Le han organizado una fiesta y su visita coincide con la boda de varios amigos, por lo que se muestra muy contento de poder viajar para estar con los suyos.

Convertidos en protagonistas de documentales

La vida de estos inmigrantes indios atrajo a periodistas de todo el mundo, quienes visitaron la ciudad para reflejar su lucha en noticias y documentales. Uno de ellos es Los Ulises, de Alberto García Ortiz y Agatha Maciaszek, que ha conseguido menciones en México DF y Nueva York. Otro de los documentales sobre sus vidas es Apátridas, de Patricia Chasco.

Doce del colectivo de indios que vivía en el bosque cuenta con tarjeta de residencia

La historia de estos jóvenes comenzó hace unos nueve años, cuando lo vendieron todo para luchar por alcanzar el sueño de llegar a Europa y mejorar sus condiciones de vida. Lejos de lo que esperaban, se adentraron en un camino en el que algunos se quedaron y que fue agotador y muy agresivo para quienes consiguieron acabarlo.
Al pisar suelo español su pesadilla no había acabado, ya que habían entrado en la que conocen como ‘la dulce cárcel’, Ceuta, un lugar desde donde podían ver la península, que sí significaría su plena libertad, pero no podían pisarla.
Tras un año en el  Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), un colectivo de unos 60 indios salió de estas dependencias instalándose en el bosque para evitar la repatriación, que si se llevara a cabo significaría echar por tierra su sueño y por lo que habían luchado toda su vida.
La vida en el bosque se hacía dura, sobre todo en invierno y con las lluvias más intensas y de las que sólo se refugiaban con unos toldos. Ni en los momentos más duros pensaron en entrar de nuevo en el centro del Jaral ya que pensaban que su vuelta significaría su repatriación, la vuelta a empezar.
Tras unos tres años habitando el bosque, llegó el momento más esperado, su salida hacia la península. Ocurrió en abril de 2010. De Ceuta fueron llevados al CIE de Algeciras, donde permanecieron dos meses, luego a un albergue de Cruz Roja en la ciudad algecireña y más  tarde tuvieron que “buscarse la vida”, recuerda Babu. Una vez en la península, se agarraron a los tres pilares que han hecho posible que hayan conseguido su sueño: “La fe, la esperanza y la paciencia”. En la actualidad, todos cuentan con pasaporte y doce también con tarjeta de residencia.

“Ahora entiendo qué significa eso de paciencia y esperanza”

“Antes me decían ‘paciencia y esperanza’ y yo no lo veía, ahora sé realmente qué significa”. Es una de las conclusiones de su experiencia que Babu trasmite estos días en Ceuta a los inmigrantes que se encuentran en estos momentos como él estaba hace más de tres años. “Hablo con ellos y los animo. Cuando les hablo se llenan de paciencia y esperanza, hay que animarlos”, añade.altaltalt

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