Recuerdo como si fuera ayer que el seminario nos congregó - al Padre Curro también- en la parroquia de Santiago para una celebración eucarística. Fuera, en la calle, empezaron a tocar tambores y música con sones latinos, lo que impidió que la eucaristía se celebrase en silencio y recogimiento. Al finalizar todos comenzamos a hablar quejándonos del ruido y profiriendo quejas, sin embargo Curro se dirigió a nosotros y dijo: “Chicos, en el fondo esto ha sido una prueba de Dios para ver si verdaderamente teníamos el corazón puesto en el altar o en la distracción; esto ha sido un regalo"
Y es que si hay algo que definiese a este buen hombre era la capacidad de ver a Dios en lo cotidiano, en lo rutinario, en lo normal. A Curro no le hacían falta grandes actos, milagros enormes, para él todo eran signos de la bondad de Dios.
Fuiste el primer sacerdote en administrarme el sacramento de la reconciliación; el primero en enseñarme a amar a la madre de Jesús- en la advocación de Africa- y sobre todo, y por lo que más agradecido estaré siempre, el primero en enseñarme “a pensar en lo que nos une y no en lo que nos diferencia”.
Fuiste vicario de Ceuta durante años, allí cualquier persona te apreciaba y quería. Estabas en celebraciones militares de la misma forma en la que estabas en actos de las comunidades musulmanes, judías e hindúes; ibas con imanes, rabinos y encargados del Templo Hindú.
Nunca tu voz se alzaba más que la de otra persona, defendías la Verdad de Jesús desde la humildad y el respeto; amabas la diferencia como signo del Santo Espíritu, sabías que los caminos de Dios tenían varios recorridos, a pesar de la belleza del tuyo. Creabas comunión por donde ibas, sabiendo que Dios es padre de todos. Sonreías ante cualquier situación, pues para ti “todo estaba empapado de Dios”.
"Fuiste vicario de Ceuta durante años, allí cualquier persona te apreciaba y quería"
Llorabas con las desgracias, clamando misericordia. Sufrías con el pobre, pidiendo clemencia.
Hablar y fumar contigo era hacer teología. Escucharte era oír el espíritu conciliar.
No fuiste grande por los reconocimientos de las ciudades donde has estado, ni de las hermandades que has dirigido espiritualmente. Eres grande por tu ejemplo sincero de Evangelio; Por creer en la acción del Espíritu de Jesús entre nosotros.
Gracias por enseñarme que la eucaristía es descanso y comunión. Por darme la oportunidad de creer contigo, de compartir una misma fe en un mismo Señor.
Siempre te recordare en la Plaza de África, entre España y Marruecos, entre el Atlántico y el Mediterráneo, entre Europa y África, entre Occidente y Oriente, la Cruz, la media Luna, la estrella de David y la India.
Hombre de fronteras, hombre de religiones, hombre de Iglesias, hombre de unión, hombre de Dios.
Tu ejemplo es el mejor catecismo que he podido tener.
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