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Recordar es viajar

Allí donde principian las arenas, el árbol de la memoria recibe al viajero desguarnecido. Para aquel que prueba su fruto los recuerdos cobran vida.
Allí, en la garganta del Todra, la inmensa mole de piedra roja imita la silueta de un dromedario, advirtiendo a los incrédulos que nos adentramos en el reino de tan fabuloso animal. En el trasluz de las estrellas, el viajero pudo fundirse con las energías de una eternidad parpadeante. Entonces, la voz interior se trasforma.

“Es anterior a la ventura de escribir relatos el descubrimiento de todo aquello que se cuece en los márgenes del camino. Comprobar de viva voz las historias que urdieron los sabios al margen de los estados”.  Como quien colecciona imágenes en el álbum de las estrellas, la juventud se esfumó y la bondad llegó a los ojos. Las grietas de la piel dejaron ver que el tiempo había pasado, que ya no serías el mismo que antes, y que sólo al abrigo de los libros podrías recuperar la pureza de aquellos años.
Cuando se vive por primera vez, uno lo hace distraído, a merced de unas pasiones que desconocen el signo; los instintos van sucediendo. Llegada la edad, el alma reclama su sitio en el universo de la pureza: La luz que un día partió de tu estrella te anuncia que ha llegado.
Entonces, comprenderás que siempre hubo un ángel de luz a tu lado, y que quizá fue tu amigo. Pero lo pasado es lo pasado. Es hora de establecer una alianza, es hora de reinventar el pasado. Un brazo de luz nos llevará de las manos por las imágenes, que al ser descritas, formarán parte del sueño inacabado que es la vida. A fin de cuentas, ¿Qué hemos de perder con intentarlo?
Existe una clave en el fondo de cada alma que nos pone en contacto con la esencia del universo dador, que nos avisa que lo mejor está por llegar, que la luz pura del cielo no está desprovista de intención, y a ellas nos debemos.
Toda vez uno ha visto la luz con ojos propios y ha compartido sus recuerdos con el ángel de la pureza, es hora de nutrirse con el saber de los libros milenarios. De ahí saldrá el fruto más buscado: la originalidad, la energía pura.
Dicen los libros que el paisaje del que os hablo eran los Jardines de Hespérides, donde crecía el árbol que daba manzanas de oro. Yo sólo vi palmeras datileras, pero es la forma que tenían los escritores de la antigüedad para denunciar la ambición destructiva, a favor del alimento sagrado. Yo prefiero contar que el fruto más preciado es la memoria, ya que gracias a ella pude recordar a los bereberes que me cautivaron con sus valores. Allí conocí su mensaje: la humildad.
Total: Cuando los caminos se cierran y la soledad te desgracia es hora de abrir un libro. Hay muchos escritores que se merecen tu faz. Leer es viajar.

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