Compareció sobre el escenario con camisa roja y esa esencia tan particular que arrastran los artistas que saben sobrevivir al paso del tiempo.
Raimundo Amador, uno de los platos fuertes del programa de actuaciones de la Feria, no defraudó. Puede cautivar su estilo inimitable o no, pero a sus incondicionales –que en la noche del domingo en el Auditorio de la Marina no eran pocos– les mereció la pena la espera para reencontrarse con ese músico de aspecto descuidado que tiene por virtud colocarse el mundo por montera y no pagar peajes a las formas.
Raimundo hizo sonar la voz que ratos aparenta rota o despeinada pero que destila fuerza y canaliza sentimiento. Conecta con el público porque sus letras no necesitan descodificador y su guitarra, bendito instrumento, ha sabido codearse frente a los focos, a fuerza de décadas, con gigantes de la talla de Santana o B. B. King. Para este ultimo hubo dedicatoria en forma de canción, como también para otro coloso como Jimi Hendrix reeditando Little Wing.
Esos ingredientes incluso despejaron el mosqueo generalizado entre quienes creyeron que, como había anunciado Festejos, la entrada no pasaría de 5 euros. No fueron 5 sino 10, y no están los bolsillos para sustos de incrementos del cien por cien. Raimundo seguro que no estaba al tanto del detalle ni falta que le hacía. A él lo que le tocaba era dar forma al listado casi improvisado de temas, pedir un par de cervecitas entre ellos sin cortarse y contentar al respetable con un concierto que despidió con el famoso Bolleré. Olé, maestro.







