El fango político y mediático que ha emanado de los trágicos sucesos del 6 de febrero debe cesar. Fuego cruzado con acusaciones partidistas, una peligrosa obsesión por intentar criminalizar a un Cuerpo de Seguridad que se limita a cumplir órdenes, la amnesia de formaciones que exigen soluciones que no supieron moldear cuando ejercían tareas de Gobierno, los errores de comunicación de quien sí ostenta el poder, la advertencia teñida de hipocresía de una Unión Europea que tira de las orejas a quien le vigila a diario la trastienda del edificio... Después de oír durante más de una semana justificaciones, acusaciones y medias verdades quizás ha llegado ya el momento de que la tormenta de fondo se diluya y, de una vez por todas, sea la Justicia quien determine si realmente hubo o no responsabilidades, del grado que sean, en torno a las circunstancias que rodearon el intento masivo de asalto al perímetro fronterizo hace diez días. Será de ahí, y no del carrusel de especulaciones y reconstrucciones paralelas al que hemos asistido perplejos esta semana, de donde se extraigan las conclusiones y repercusiones en torno a la mayor tragedia migratoria que haya vivido Ceuta en los últimos tiempos. El resto, por mucho que se disfrace de lo que no es, parece solo munición verbal hueca y escaramuza política teñida de precampaña electoral.




