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Prioridad nacional: cuando un eslogan empieza a sonar demasiado fuerte

Estoy siguiendo con enorme inquietud el debate sobre “Prioridad Nacional”, pues hay palabras que empiezan como un murmullo y, sin que uno se dé cuenta, acaban resonando en las plazas, en los pasillos de los institutos y hasta en las conversaciones de la cola del supermercado. Una de ellas es “Prioridad Nacional”. Un eslogan que viene de lejos, de Francia, de Estados Unidos, y que ahora algunos intentan plantar aquí como si fuera una solución milagrosa para todos nuestros males.

Lo preocupante no es solo el eslogan en sí, sino la facilidad con la que ciertos mensajes encuentran hueco en sociedades cansadas, con problemas reales y con ganas de escuchar respuestas rápidas. Que estén normalizando la idea presidentes de Comunidades Autónomas gobernadas por la derecha en nuestro país nos debe inquietar a todas las personas amantes de la democracia. Pero las respuestas rápidas, ya lo sabemos, suelen ser las más peligrosas.

Aprovechando el trabajo que hacía sobre la aplicación de la Inteligencia Artificial en la Educación en general, y en la Educación Ambiental en particular, le pedí a esta herramienta que me preparara una especie de taller con jóvenes de 14 a 18 años sobre el concepto de “prioridad nacional”. También le pedí que respondiera a las preguntas sugeridas en la práctica, conforme a la realidad sociológica de nuestro país. Y que realizara un análisis crítico de los principales aspectos jurídicos con los que chocaba este eslogan. Estos fueron los resultados.

A la pregunta que se les hacía a los jóvenes sobre qué les sugería esa frase, la IA simuló las respuestas que más probablemente se podrían dar: “miedo”, “rechazo”, “duda”, “rabia”, “Es como si alguien decidiera quién pertenece y quién no”. Pero cuando he trabajado este tema con jóvenes reales, las respuestas han sido aún más reveladoras. Algunos decían: “Es como si quisieran dividirnos en dos grupos, y eso en un instituto es veneno”. Otros añadían: “Si empiezan a decir quién es de aquí y quién no, ¿qué pasa con los que tenemos padres de dos sitios distintos?” Y hubo quien lo resumió con una lucidez que desarma: “Esto no va de política, va de cómo nos miramos en el barrio”.

Ahí está el centro del asunto. Hablamos de convivencia. Porque la Constitución, esa que algunos agitan como si fuera un abanico, dice algo muy sencillo: todas las personas son iguales ante la ley. No dice “según el origen”, ni “según el apellido”, ni “según el lugar donde naciste”. Dice todas. Y lo dice porque sabe que, si empezamos a repartir derechos como quien reparte invitaciones a una fiesta privada, lo que se rompe no es un artículo legal: es la comunidad.

La “prioridad nacional” promete arreglar problemas que llevan décadas sin resolverse: vivienda, empleo, servicios saturados. Pero no arregla nada. No construye nada. Solo señala con el dedo a quienes viven, estudian o trabajan a nuestro lado, como si fueran sospechosos por defecto. Y eso, en un barrio, en una ciudad, es dinamita pura.

Los jóvenes lo ven con una claridad que a veces los adultos hemos perdido. Cuando les preguntas qué pasaría si esta idea se aplicara en su instituto, responden sin dudar que habría más conflictos, más grupos enfrentados, más miradas torcidas. Una chica me dijo: “Ya hay gente que se siente fuera sin que nadie lo diga. Si encima lo dicen, imagínate”. Y otro añadió: “Esto haría que algunos se creyeran con derecho a señalar a otros. Y eso no acaba bien”.

Y tienen razón. La convivencia no se rompe de golpe: se desgasta palabra a palabra, hasta que un día descubrimos que ya no nos saludamos igual. Por eso es tan importante enseñar a mirar más allá del eslogan. A preguntarse qué emociones activa, qué silencios esconde, qué muros levanta. A entender que los problemas reales no se solucionan excluyendo a nadie, sino sumando a todos.

La convivencia es un bien frágil. No se defiende con consignas, sino con derechos. No se protege levantando fronteras interiores, sino construyendo comunidad. No se cuida señalando culpables, sino compartiendo responsabilidades. Como dijo un chico de 15 años al final de un taller: “Si empezamos a decidir quién es de aquí y quién no, al final nadie será de ninguna parte”.

Y pensé que, quizá, la mejor vacuna contra los eslóganes que dividen no está en los discursos, sino en la lucidez tranquila de quienes todavía creen que un barrio es un lugar donde cabemos todos.

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