Los vecinos del Príncipe tienen miedo. Ahora es cuando salen los de siempre diciendo eso de: pues que no insulten a la Policía cuando sube o que no les tiren piedras. Las generalizaciones son siempre injustas. Claro que habrá quien insulte y menosprecie a los agentes, pero los hay, y en mayor cantidad, que no solo aplauden las incursiones policiales en el barrio sino que además quieren esa permanencia de seguridad que se tuvo hace mucho tiempo y que se erradicó en una de las peores decisiones políticas adoptadas que en nada se volverá a repetir en Hadú, cuando cierre la casa cuartel de la Guardia Civil. Tiempo al tiempo.
Que vivas en una barriada en la que tengas miedo de que tus hijos estén seguros en las calles es jodido. Sobre todo cuando esa sensación no es casual, sino continua y además ya se extiende a cualquier hora del día. La Policía tiene que hacer su trabajo pero la administración es la que debe garantizar que haya una igualdad de servicios y unos derechos sin comparaciones tan odiosas como las que se producen hoy en día. No es lo mismo vivir en unos barrios que en otros y en algunos se ha convertido ya en un infierno. Todo ello porque se ha ido retirando la presencia policial pero también la presencia de otros recursos que ayudaban a conducir al orden, que ofrecían alternativas a los jóvenes y menores para no ser captados en otros fines. Esa pérdida de seguridad y de recursos sociales y educativos han transformado algunos barrios en centros desordenados, entregados al caos.
Son precisamente los vecinos los que se han movido para iniciar una recogida de firmas que tiene como fin que haya Policía. Fíjense que no todos rechazan a las fuerzas de seguridad, porque esa campaña ha nacido de las propias asociaciones vecinales que han sentido con urgencia la petición de instaurar puestos fijos a modo de comisarías en lugares como el Príncipe o Los Rosales, donde se ha ido degradando el nivel de convivencia hasta hacerlas irreconocibles.
De la mano de la acción policial que dará nuevas operaciones debe venir otra inversión de medios, de recursos nunca vistos para que no haya barrios que parezcan un corta-pega del resto de la ciudad, acoplados sin personalidad, cerrados ante cualquier posible visita como si existiera una frontera virtual antes de tiempo.
Ceuta es demasiado pequeña como para permitirse este tipo de diferencias tan abismales y sobre todo permitir que se corran tantísimos riesgos.






