Los docentes, en la inmensa mayoría, somos profesionales cualificados. compartimos con los alumnos muchas horas, muchos meses y muchos cursos.
También, la mayoría de nosotros, nos interesamos por ellos a otros niveles que se salen de lo que competen a nuestras materias: estados de ánimo, problemas, situaciones en las que los chicos y las chicas lo pasan mal o andan perdidos en un laberinto de dudas por cualquier motivo. Trabajamos en equipo con otros colegas para dar respuesta a las necesidades y priorizamos aspectos que para el alumnado son de vital importancia.
Para ello contamos con los padres, un pilar imprescindible en la educación de sus hijos: la familia, el entorno, los compañeros, la información que es conocida por el Departamento de Orientación.
Individualizamos el seguimiento en el momento que suena una alarma de que algo no va bien: tutores, equipo educativo, Jefatura de Estudios y Departamento de Orientación debemos formar un equipo, un barco que, tras un largo viaje de muchos años, nos lleve a la conquista de la libertad, del respeto, de los conocimientos que nos pide la sociedad para formarlos , encontrar trabajos, ser independientes, no dejar que los manipulen y que sepan cuáles son sus derechos y obligaciones.
La educación es un arma de construcción masiva; es por ello que, cuando los padres ponen en duda nuestra labor en las aulas, nuestra profesionalidad y el interés por sus hijos, el barco sufre un duro golpe como aquel que sufrió el Titanic al chocar con el iceberg.
No podemos creer sistemáticamente a los hijos cuando construyen una versión tergiversada, sacada de contexto, manipulada por el interés de llevar la razón y exagerada como la duda metódica de Descartes.
Escuchen a sus hijos, pero también escuchen a los profesionales que les harán ver con todo lujo de detalles cualquier incidencia o discrepancia con los alumnos. Crean en nosotros que también somos merecedores de la “presunción de inocencia”. Diríjanse a ellos sabiendo que hay que escuchar a las partes para aclarar las circunstancias, no humillen al docente, no lo denigren, no quieran utilizar a sus hijos ( pensando que es lo correcto) como un arma arrojadiza para los enseñantes.
Padres y educadores tenemos que ir a una; la unión hace la fuerza.
"Padres y docentes debemos ir a una: la confianza mutua es imprescindible para que el alumnado crezca y avance"
Deben saber que cuentan los padres con todos los mecanismos y garantías necesarias para solventar todo tipo de aspectos: directiva, inspección o lo que consideren oportuno bajo el amparo de la ley.
Si nos consideran enemigos, si estiman que nos posicionamos sistemáticamente en contra de sus hijos, si nos visitan con malas y airadas formas, amenazas o intimidaciones, el barco se hundirá y rescatarlo será extremadamente difícil.
Confiemos los unos en los otros, no nos declaren la guerra, no den los hechos por demostrados. Sus hijos, que son nuestros alumnos, se lo merecen.
“DOCENDO DISCITUR” (Educando se aprende)
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