Categorías: Opinión

Por la cruz

Ante un crucifijo juró el Presidente de todos los ceutíes, tal y como él mismo se autoproclamó, minutos antes de ofrecer el bastón de mando de la Ciudad a la Virgen de África. Respetable por supuesto, al igual que lo sería jurar por el Corán y ofrecer el bastón de mando de la ciudad a Sidi Embarek o Sidi Bel´Abbas.
Pero hay que tener en cuenta un pequeño detalle: que no toda la ciudadanía tiene la misma creencia religiosa que el Presidente por lo que si lo que se pretende es representar a todos y a todas sin excepción, es preferible no realizar acciones que puedan llevar a que quien lo vea se sienta excluído o reforzado según si se comparte o no la misma fe. Máxime cuando en su partido, en el Partido Popular, hay personas que no son de la misma religión que el Presidente aunque tal vez el amor al líder y a su causa les lleven a ser tremendamente flexibles e indulgentes con él en sus decisiones.
Lectura aparte, aunque paralela, merece el nombramiento de quien hiciera las declaraciones más vergonzosas de los últimos tiempos representando a Ceuta en el Senado.
Unas declaraciones que quedarán para la posteridad.
El Presidente de la ciudad, especialista en medir y calcular con precisión los tiempos políticos, consideró que no convenía a su causa política llevarla de compañera en las listas ni mantenerla en el equipo de gobierno de aquel entonces. Pero no porque realmente se pusiera en la piel de la mitad de la población de Ceuta y se sintiera ofendido, si no por una mera operación matemática: llevar a la ex consejera en sus listas le podía suponer restar un importante número de votos. Unos votos que necesitaba para revalidar la mayoría absoluta pero sabiendo también que hay parte de su electorado que, lamentablemente, la tiene por una especie de valiente. Pero las elecciones pasaron y como ahora ya tiene el resultado que esperaba, aunque ha perdido un escaño, pues vuelve a poner las piezas que quiere donde quiere.
La aconfesionalidad de la Constitución (pre)supone respeto a todas las confesiones y creencias religiosas, y que el Estado (y por extensión las comunidades autónomas y ciudades) no se identifica con ninguna creencia en concreto.
Jurar ante un crucifijo y colocar a quien insultó a la mitad de la población en el Senado por ser de religión musulmana supone una falta de respeto a la aconfesionalidad, el primero, y al “crisol de culturas”, el segundo, especialmente cuando se aspira a representar a toda Ceuta.

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