Opinión

El populismo se arruga

No cante victoria, pero la derrota moral que acaba de sufrir el populismo holandés es un alivio para la prosperidad de la sociedad europea. El fracaso del neofascismo - la otra cara de la moneda que comparte con el neocomunismo - podría suponer, parafraseando a Churchill, el final del principio de los populismos europeos. Lejos de que esta vetusta y excluyente ideología política henchida de fobias abandone nuestros horizontes parlamentarios, parece haber recibido un revés no definitivo, pero sí decisivo, en una batalla que se acabará dirimiendo en la Francia dicotómica de las libertades y de Le Pen .

El dicterio al que nos tienen acostumbrados este tipo de políticos, a los que la Constitución les parece papel mojado, y los símbolos nacionales una “cutre pachanga fachosa”, les ha llevado a ser percibidos como lo que son, una ideología basada en el desprecio hacia los demás, un desprecio visceral y radical, con el franco deseo de exterminar pública y socialmente, a quien no milita con ellos. No sólo denotan un discurso público grosero y procaz, sino pereza mental, innobleza en el propósito, y maldad en la actitud.

Todo esto acaba agotando hasta al pirómano más entusiasta, por muy ferviente contribuidor inquisitorial que sea de la pira expiatoria, por mucho que desee purgar a todo aquel que se atreva a discrepar, vivir siempre situado en la crispación y desde la prepotencia y el matonismo tiene que ser agotador. Quizá de ahí ese detallado y cuidado aspecto desaliñado.

El del rucio holandés, Geert Wilders, es el segundo partido populista europeo que ha encontrado un tope en el número de votantes, el primero fue Podemos y sus franquicias el año pasado, y por eso ahora andan empeñados en una reforma electoral que les permita buscar un nuevo nicho más dócil a la radicalidad de sus ideas, la búsqueda desesperada entre adolescentes y niños.

Pero lo que parece haber calado en la sociedad no es el descubrir el dislate de las ideas populistas, sino la peligrosidad de otorgar poder a quienes rezuman odio, y ya saben que el miedo es una de las armas electorales más poderosas de este mundo. ¿Se acuerdan del anuncio del doberman del PSOE en las elecciones de 1996? Qué fácil sería ahora intercambiar las identidades, el lado oscuro incluso podría ser ocupado por más de un partido.

El voto del populismo se nutre principalmente de dos fuentes: una, los votantes de castigo al establishment, costumbre muy humana que no denota más que la creencia de cierta superioridad moral, algo fácil debido a la escasez de políticos de renombre; y otra, la amalgama de aversiones que profesan: la xenofobia, cristianofobia, islamofobia, judeofobia, antisemitismo, antisionismo, y un montón de rencores que evidencian la incapacidad para ejercer un gobierno de pluralidad social.

En una sociedad sana, democrática y tolerante, es normal que el populismo se arrugue, lo contrario sería el síntoma de una sociedad desesperanzada.

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