Opinión

Ser político no es delito

  • “No resulta admisible que, a estas alturas y ante tanta y tanta crítica acerba dirigida contra la casta, se ha llegado al punto de no querer decir que uno fue político”

En mi artículo publicado por este diario el pasado domingo, con el título “Los años vividos” realizaba una muy  breve semblanza sobre mis distintas vivencias a lo largo del tiempo.  Reconozco ahora que, en el momento en el que correspondía recordar lo que calificaba como “una intensa vida política”, me asaltó la duda de mencionar esta etapa o simplemente pasar por encima de ella, porque –tal y como están las cosas respecto de lo que se ha venido en llamar, despectivamente, “los políticos” o “la casta”, puede parecer lo más prudente ignorar el hecho de haber dedicado una importante parte de mi vida a la política.

Ya han transcurrido casi catorce años desde que, en el mes de diciembre de 2002, “El Faro” publicó otra colaboración mía titulada “Políticos”, cuyo primer párrafo era del siguiente tenor: “Si se leen ciertos artículos de prensa, o si se oyen determinados comentarios producidos en tertulias radiofónicas, tendríamos forzosamente que creer que los políticos, en general, son una especie de plaga sin mezcla de bien alguno. Cuyo único objetivo en la vida es medrar a costa de los demás. Mi experiencia en la materia, tras haber dedicado muchos años de mi vida al Ayuntamiento, al Congreso de los Diputados y al Senado, me obliga a salir al paso de tales patrañas, para romper una lanza en favor de la clase política”. Desde entonces, este problema no ha hecho más que empeorar.

Rompí entonces una lanza y lo vuelvo a hacer ahora. Por desgracia, se han producido demasiados casos de políticos que han  aprovechado su cargo para lucrarse ilícitamente, creando ese ambiente de desprecio generalizado, pero quienes hayan podido incurrir en tan lamentable conducta no representan más que una reducida parte de los cientos de miles de personas que han estado, o siguen estando, en puestos de carácter político, pues la gran mayoría de aquellos que conozco son hombres y mujeres con ideales que, partiendo de distintos planteamientos programáticos, lo único que han pretendido es mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos.

De los otros, de los corruptos, de los acusados de enriquecerse, de los que ahora están sentados o más tarde se sentarán en el llamado “banquillo” –pues ya no lo es- admito que he tratado a varios, y que cuando conocí su posiblemente delictiva conducta, ello resultó para mí una muy desagradable sorpresa, pero vuelvo a repetir que son los menos, y con  gran diferencia a favor de los buenos. Mi experiencia me dice que, en política, se puede estar simplemente para defender unos ideales, que es lo que hace la mayoría de los que están o han estado en ella. Lo dije en el año 2002, lo repetí en otra colaboración –“Generalizar es injusto”, publicada en “El Faro” en enero de 2013-y lo vuelvo a hacer ahora.

El caso es que este problema no afecta solamente a España, sino que se está extendiendo a otros países. Hasta Trump, el recién elegido Presidente de los Estados Unidos de América, ha repetido durante su populista campaña electoral que iba a “barrer Washington”, en una clara referencia a la supuesta corrupción generalizada.

No resulta admisible que, a estas alturas y ante tanta y tanta crítica acerba dirigida contra “la casta” o “los políticos”, se haya llegado al punto de que hasta parezca preferible no decir que uno fue elegido para desempeñar cargos políticos. Por fortuna, vencí aquella duda que me asaltó al redactar “Los años vividos”. Sí, he sido político, y bien sabe Dios que lo he sido por amor a mi tierra, Ceuta. No solamente no me avergüenzo, sino que, como ceutí,  me siento orgulloso de haber tenido el honor de representarla en el Congreso de los Diputados y en el Senado, así como de haber sido Concejal y Teniente de Alcalde de su Ayuntamiento y, por último, Diputado en su Asamblea. En la videoteca de la televisión pública local deben encontrarse muchas de mis intervenciones, tanto desde mi escaño como desde la tribuna de oradores del Senado, tratando siempre sobre cuestiones relacionadas con nuestra ciudad.

Lo único que de verdad lamento es no haber sabido vencer, en ocasiones, la ignorancia o los errados criterios de algunos gobernantes sobre lo que ha sido y debe seguir siendo Ceuta.

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