Según una investigación de la Universidad Estatal de Michigan en 2010 una persona, en promedio, puede llegar a decir hasta 20 mentiras en un solo día. Asimismo, incluso, algunos participantes confesaron haber mentido hasta 200 veces en una jornada, demostrando así que la frecuencia de las mentiras puede variar drásticamente según la persona y el contexto. Sin embargo, ¿qué es la verdad?
Desde los albores de la humanidad, ciertos conceptos han permanecido constantes, al igual que las estrellas en los cielos nocturnos, como reflejo de la condición humana. La guerra, la inquietud, el amor y la inefable figura de una madre no solo forman parte de nuestra historia colectiva, sino que también configuran nuestra naturaleza intrínseca. Estas verdades, aunque debatibles, son elementos inmortales, que han moldeado civilizaciones, inspirado filosofías, construido Dioses, escrito ideologías y definido relaciones humanas. De ahí, estas verdades abarcan los vértices de nuestra existencia y están conectados, quizás con el espacio, en nuestra condición de seres conscientes y sociales.
A golpe de gatillos cobardes y de pobres trincheras se enarbolan las tristes guerras. No hay verdad más absoluta que las guerras debido que nacen para mantener o incrementar los privilegios de unos pocos mientras, como siempre, a consta de unos soldados que solo guardan la suerte de que una bala no le atraviese los últimos suspiros de su vida.
La guerra ha sido, a lo largo de la historia, un reflejo de las tensiones culturales, sociales y, sobre todo, económicas. Las disputas por recursos, territorio o poder han sido causas recurrentes de conflictos armados. Sin embargo, también ha catalizado cambios fundamentales en las estructuras sociales, desde la abolición de sistemas opresivos hasta la creación de alianzas internacionales que buscan preservar la paz. No obstante, el hombre no cesa en la “acumulación”; y como vemos en la actualidad las fronteras jamás descasan ya que la ambición es infinita como el odio del pueblo devastado que generan sus fallecidos.
Por mucho que Heráclito manifieste que “la guerra es el padre de todas las cosas” desearía estar huérfano del mismo ya que la única realidad que ha transformado las batallas son las de cada vez más muertos anónimos. Incluso, muchos de ellos y ellas, no tienen ni un digno velatorio ya que residen en macabras fosas comunes.
Y si Hegel observa que la guerra conduce a una síntesis, entre tesis y antítesis, que representa un avance pues que se lo pregunten a la sociedad de Palestina, Yemen, Sudán y Ucrania, entre otros. A ver qué piensan ellos y ellas de la guerra como solución viendo sus casas, hospitales, colegios y, lo más importante, su esperanza totalmente destruida.
Guerras, guerras y más guerras. La guerra no cesa en ningunos de los continentes. Los poderosos quieren almacenar más recursos concentrando así la riqueza y el único medio para ello son las declaraciones de la misma. Ayer fue la colonización y hoy se llama colonialidad; es decir, occidente permite la independencia de países pero con el fin de apropiarse de sus metales preciosos interponiendo dictaduras a su antojo e intereses.
Y si la Dictadura cae, porque su población así lo decidió, se aseguran los recursos naturales de esos países mediante la gestión de empresas gobernados por el norte; y en caso que así no sea interponen un ejército agresivo de medios de comunicación con el objeto de señalarlos como malditos comunistas que pretenden la quiebra de sus pueblos.
“Cuántos versos se habrá escritos para definir al amor. Es amor es un paisaje que conecta a la humanidad a través del tiempo y el espacio. Es amor es la envidia de los dioses ya que tenemos la fortuna de vivir un beso como si fuera el último; y ese instante es, precisamente, lo que lo hace único y etéreamente verdadero”
En esta línea, por un lado, observemos la configuración de África a escuadra y cartabón ideados por España, Portugal, Francia, Bélgica, Portugal, EEUU y China, entre otros, para saquear sus recursos naturales dejando a sus regiones llenos de niños como soldados y la guerra civil como seña de identidad. Por otro lado, miremos Latinoamérica que por el mismo motivo que África (es decir, por sus recursos) han dejado a la región con el signo de ser la tierra más desigual del mundo.
Las contiendas solo perpetúa desigualdades en todas las esferas posibles (género, raza, orientación sexual, edad, geografía, religión, etnia) donde esté ubicado el campo de batalla. Asimismo, las guerras nos han subrayado dos lecturas: primeramente, han concentrado los recursos a niveles históricos con la consecuencia inmediata de promover un Estado del Bienestar en manos de una oligarquía reduciendo así la generación de oportunidades para unos pocos. Y segundo, debido a esa concentración la desigualdad ya se ha convertido en universal proliferando así dos cosas: uno, la polarización de la sociedad agravando así los conflictos sociales; y dos, la guerra desde hace algún tiempo, también, asoma en Europa. Esto último apretará los presupuestos de los Estados de las 27 naciones de la Unión Europea con mayor gasto militar en detrimento de la educación dejando al pueblo más analfabeto pero con la conciencia más belicista.
Por ello, la guerra es verdadera ya que nos dicta como sociedad y es un fiel reflejo de hasta dónde puede llegar la ambición del ser humano. En este caso, Ares no perdona así que nos castiga con una concentración de oportunidades tan grande que ha propiciado cuatro desafíos que tenemos que corregir si no queremos acabar devorados por nosotros mismos. Desigualdad, migración, desinformación y cambio climático son los retos con los que tenemos que combatir, por culpa de tantas guerras, y en función de cómo lo gestionemos condicionaremos a las generaciones futuras.
Algunos dirán cómo es posible que no se nombre a la execrable pobreza. En este punto hay que ser claros y mencionar que la pobreza es un invento del hombre puesto que una vez que invade un territorio, deja a su población sin recursos. A continuación, con lo robado, el invasor, para llenarse de ego, le proporciona las migajas al que deja devastado; es decir, la limosna. Con ello, aparece el mendigo, el marginal o el pobre. De ahí, que la pobreza es la cara extrema de la desigualdad y si acabamos con ella la pobreza habrá sido un mal sueño. Por tanto, no hablemos de pobreza sino de desigualdad aunque la primera acción es acabar con las guerras.
Pero mientras no me obliguen alistarme para confrontar los intereses de la élite yo sigo navegando entre mis pasiones que esta capitaneado por la iridiscente inquietud.
Sin ella la sociedad está abocada en agarrarse, exclusivamente, a los Dioses. Seres, mitad mitológico y mitad imaginado, que han servido, en muchas ocasiones, para justificar la invocación del monstruo de la guerra. Por ello, es más conveniente si queremos seguir la senda del progreso en orar a la inquietud como somos seres exploradores y curiosos que somos.
Platón en su discurso del mito de la caverna nos ilustraba el impulso humano por salir de la oscuridad hacia el conocimiento. Por ello, ese estimulo de salir hacia afuera, y de la zona de confort en muchas fraguas de nuestras etapas vitales, utilizando la creatividad promete escenarios transformadores que lleva al ser humano a superar sus limitaciones.
En este sentido, la inquietud es una llamarada de deseo interminable en superar cualquier obstáculo en el camino por esa ansia de cambiar el mundo mediante descubrimientos científicos, creaciones artísticas, composiciones musicales, y revoluciones sociales.
El día que decides que la inquietud sea el timón de tu barco inmediatamente la utopía será ese horizonte inalcanzable donde las corrientes de los mares no siempre vestirán de la manera más agradable. Sin embargo, cuando alcanzas puerto en ese grito interno que exclama ¡tierra a la vista! sientes que son las victorias, con silueta de rosa, más hermosas. A partir de ahí, que los vientos te acompañen en la inquietud inquebrantable de que los sueños se cumplen.
Ahora bien, al igual que la inquietud impulsa al ser humano a buscar sentido y propósito, también se enfrenta a su vulnerabilidad. Y no existe otra verdad que nos haga más vulnerable como el amor.
“Lo único que hay que luchar, como sociedad y bajo el mando de la inquietud, son los derechos humanos y civiles”
No hay calambre más humano que acariciar el sur de la cara a la mujer que amas. No existe relámpago con más energía que al ver, por primera vez, la sonrisa de esa persona que sin darte cuenta te desnuda cada uno de tus sentidos.
Cuántos versos se habrá escritos para definir al amor. Es amor es un paisaje que conecta a la humanidad a través del tiempo y el espacio. Es amor es la envidia de los dioses ya que tenemos la fortuna de vivir un beso como si fuera el último; y ese instante es, precisamente, lo que lo hace único y etéreamente verdadero.
¡Ay! si pudiera robar el anillo de Saturno sin que me pillara los astros para pedirte matrimonio pero sin templos por que tales edificios tienen demasiado polvo en sus figuras y para mí la única imagen que quiero que me contemplé sea tu risa desenfadada.
Y, por fin, llegue a ti, cuna de la verdad. No hay una figura más verdadera que la persona que te custodia en el jardín de su vientre durante nueve meses y que te alimenta nada más saludar al mundo con sus senos.
Como es posible que se atrevan a decir que nadie es imprescindible si desde tu ausencia voy por las calles de la vida como una hoja llevada por el soplo del otoño.
¡Ay! Si pudiera robar los atardeceres, sin que me pillara la luna, para volver en aquellos recuerdos de conversaciones pintados de color cárdeno; con el café calentito que abrigaban mis dudas y mis miedos; en esa orilla que azulaba tus consejos; adornado de la arena canela que invitaba al mejor balcón gaditano; y con el sonido de la bajamar que ayudaba a componer los secretos más bellos que son los que escriben un hijo con una madre.
Nada más y nada menos que la vida se pone al servicio de la guerra; la inquietud te hace elegir un estilo de vida que no sabes a ciencia cierta si alcanzarás tu utopía; pregúntate qué no eres capaz de hacer por volver a besar a la niña del arco de la Caleta; y a cuanto es capaz de renunciar la persona que te cantabas nanas por ayudarte en lograr a cumplir cualquiera de tus objetivos. De esta manera, las estaciones de los tiempos de la verdad tienen el denominador común del sacrificio.
Guerra, inquietud, amor y la figura de una madre se conectan entre sí, anunciando los pilares de la verdad, mediante la carretera del sacrificio. Sin embargo, ¿merece tanto sacrificio conquistar determinadas verdades desde los tiempos de la escritura?
Ni los países ni el amor deben ser conquistados. Lo único que hay que luchar, como sociedad y bajo el mando de la inquietud, son los derechos humanos y civiles. Todo con la palabra, y no a pulso de pistola, ya que solo así podremos enamorarnos con libertad, sin importar el sexo; y, por supuesto, con las caricias melifluas de una madre. Aunque para ello, se requiere de mucho “sacrificio” por parte de todos y todas.
Los pilares de la verdad son el beso eterno de una madre. Una madre que con los garabatos que te regala el cielo del atardecer augura los caprichos de la eternidad.
X la revolución de los desiguales
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