Opinión

La papelería

Hay fechas marcadas en el calendario. Entonces, la ilusión hace que te brillen los ojos, y las puertas del tiempo se abren de par en par. Siempre que haya papel y tinta habrá esperanza; al menos, eso digo yo en mis notas, no sin cierta libertad.

La noche anterior la paso intranquilo, como presagio a la llegada de nuevos mensajes, que son como anuncios en el espacio de los sueños.

Menos mal que ando con dinerillo, y no hay cartilla de racionamiento; así que me dirijo al mundo de los recuerdos, a la papelería. La vida es un lapso, y puedo verme a la edad de siete años yendo a la Papelería Imperial para adquirir el cuaderno de papel de charol, que a la postre serviría para las clases de trabajos manuales, más tarde de plástica. ¡Qué difícil sería la vida sin la habilidad de los dedos!

El caso es que mis existencias de papel dina 4 están bajo mínimos, y mi juego de bolígrafos de tinta gruesa exhalan su último suspiro. Lo de mi libreta cuadriculada es caso aparte, ya que cuando acierto a rellenar veinte o treinta de sus ciento ochenta cuartillas la doy por finalizada, y paso a otra para probar nuevas sensaciones.

Una página en blanco no es una hoja vacía, sino que es una ofrenda a las musas de la escritura, por si alguna tiene a bien su presencia. De la misma manera, diría que dejar la mente en silencio no es dejar la mente en blanco, sino que es una fase previa a la reflexión.

¿Qué son cuarenta años? Juraría que el encargado de la Papelería Imperial es el mismo joven de antaño. Ambos hemos crecido, y aquel se reviste con la diligencia de los antiguos oficios.

La campanilla de la salida avisa que mi sueño se ha convertido en realidad; así que, pertrechado con mi papel de 80 de gramaje, mi media docena de bolis de gel, y mi libreta virginal, encaro la vida con otros aires, en la seguridad de que lo mejor está por llegar.

¿Qué son cuarenta años en los 10,.000 que llevamos de escritura?

Puedo ver la primera vez que me deslicé con el boli por un cuadernillo. En tercero de EGB, mi maestro Don Manuel Herrera empezó la transición del lapicero a la tinta, quizá como gesto de madurez.

Desde entonces mi caligrafía ha significado mi personalidad. Por esto le doy tanta importancia a la flexibilidad y luminosidad del papel, y al comportamiento de la tinta en el momento de la fricción.

Si es que la escritura sirve para soñar, es mi justicia vestirme con los hábitos de un monje calígrafo y dedicar la vida al ejercicio de la paciencia.

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