El Gobierno de España ha ofrecido, casi un mes después, una hoja de ruta, un plan para intentar que Ceuta recupere la normalidad. Ha tardado todo este tiempo en reaccionar, en ofrecer compromisos que parecen reales. Nunca debió ser así, nunca se debió incurrir en esta absoluta dejadez.
El ministro Ángel Víctor Torres ofreció en la tarde de ayer una declaración sincera a la hora de confirmar que habrá retorno de todos los inmigrantes que entraron y persisten en su idea de quedarse de manera ilegal en Ceuta. Sincera, pero tardía.
Antes habrá que iniciar un procedimiento lento basado en la identificación de los que ni se sabe que se encuentran en la ciudad.
Ahí está la clave de todo esto, en saber por qué la maquinaria no se puso en marcha con tiempo suficiente; por qué, tras los retornos voluntarios de una parte importante de marroquíes, no se coordinó un sistema eficaz para localizar a todos, para identificarlos, para intentar reconducir así la situación.
Ceuta ha sido testigo de muchas promesas y anuncios que no terminaban nunca en una acción concreta. Eso ha provocado el hartazgo de una ciudadanía que no podía comprender por qué se obraba de esta forma, una ciudadanía que perdió sus libertades, que tuvo que cerrar comercios, que perdió su Feria y que ha pasado por uno de los veranos más extraños, sin playa, sin vida en la calle, sin descanso.
Ceuta ha sufrido y sigue sufriendo. Esa sensación la conoce quien vive aquí, quien ha visto no solo una falta de normalidad sino el miedo a perderlo todo. Eso es sin duda lo más grave, el peor daño que ha causado este Gobierno: que los ceutíes teman perderlo todo, que afloren los temores por las intenciones de Marruecos, que se vea esto como un claro atentado a la integridad de una ciudad española por la que el Gobierno de la Nación no peleó en el momento justo y cuando debió hacerlo.
Ahora se anuncian medidas. Bien. Se pide paciencia, pero se hace olvidando que se ha tenido durante muchos días.
Se pide además calma para cuidar la convivencia. Torres pide todo esto a un pueblo al que no hay que darle clases de convivencia alguna porque la siente y la ejerce. Usar de esta forma ese término es casi como prostituirlo en una sociedad que se encontraba viviendo un periodo de tranquilidad, que había apostado por una economía floreciente explorando diversos proyectos, que miraba de frente al mundo con una ambición por mostrarle los encantos de esta tierra, la belleza que es capaz de ofrecer. Una ciudad que gozaba de su AD Ceuta y de la proyección exterior.
Todo esto se rompió un 30 de julio y es ahora, un 26, cuando el designado como mando único dice que se está trabajando para empezar a construir una acción con el fin de que Ceuta sea la que era.
¿Qué ha pasado en todos estos días? El Gobierno no responde, pero sí lo hace el pueblo. En estos días ha pasado que no se ha tenido en cuenta la gravedad que afecta a Ceuta; en estos días ha pasado que todos los sectores han empezado a mostrar debilidades, con unos juzgados bloqueados, saturados de denuncias y mostrando la iteración de delitos sangrantes como las agresiones sexuales. En estos días hemos visto empresarios lamentar pérdidas económicas, pero sobre ha habido miedo y tristeza por la inacción de quien estaba llamado a protegernos.
Torres ofrece promesas, pide paciencia. Lo hace 26 días después y sin hacer los obligados ejercicios de reflexión esperados.
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