“LOS PATITOS EN EL AGUA/ MENEABAN SUS COLITAS…”. Así, como los patitos de la canción infantil, he visto y me he visto bajar el Rebellín, desde el viejo cine Apolo durante estos días de lluvia,observando con pavor cómo, en un extremado celo por la limpieza, una cuadrilla regaba los suelos porcelanosos, al tiempo que las nubes hacían exactamente lo mismo. Y me he preguntado: ¿A quién se le puede ocurrir mandar que baldeen nuestras calles más pateadas, convertidas en pistas de patinaje?
¿Quién sería el tarugo (mejor, adoquín) municipal que enlosó la ciudad con un piso, peligrosamente resbaladizo, que no sólo obliga a sentirnos ridículos en la manera de andar para evitar caídas, sino que los que la sufren, cuando logran levantarse del suelo, no saben si comprobar si se rompió la pierna, el codo, la crisma, o acordarse del hijo de p. que se llevó los dividendos por decidir material tan inadecuado.
Con pesar, hay que preparar el retorno. Otra vez nos toca atravesar la calle del agua, que así llama al Estrecho un buen amigo tetuaní. El tiempo ha sido desapacible. De puro invierno. Hasta con coletazo de frío, propio de diciembre.Veremos si el verano se salta a piola la primavera. Nos vamos a enterar.
Atrás quedó una semana de encuentros inesperados de amigos, también en el destierro, con los que, mientras se aproximaba el paso, hemos puesto en marcha la máquina de los recuerdos y el inventario de vivos y muertos. Vivencias de nuevas calendas que se resistirán pasar al olvido, como aquella procesión de Lunes Santo que dobló la esquina. Donde estos espectáculos adquieren una magia indescriptible. La “chicotá” fue larga y fatigosa. Se percibía a través de los respiraderos, pero a los jóvenes costaleros no les importó ponernos el corazón en un puño. Fueron sólo unos segundos, casi irrepetibles, igual que cuando los varales de palio jugó a difuminarse en aromas de incienso, alejándose por Real, a la búsqueda de espacios, ya sin el protagonismo de otros tiempos, tristemente traspasado a otros más anodinos. ¿Volverá alguna vez el Rebellín a convertiste en el escenario que fue, de una Semana Santa ceutí, brillante y multitudinaria; y no ese bulevard de cafetines, donde lo que se pretendía, evidentemente no termina de cuajar? ¿Quiénes arroparon un cambio tan desangelado?
De seguro que no partiría del sanedrín eclesiástico, pues ya sabemos que estas “teatralidades” a lo divino no fueron nunca de su gusto. Lo demuestra la pastoral de un agustino, bien molesto porque el pregonero de este año, según él, abogaba por reivindicar para la Semana Santa más los recursos estéticos que los espirituales. Y es que jamás ha existido empatía entre los cancerberos de los templos y el mundo cofradiero cobizjados en ellos. Ha sido una lucha contínua por un territorio del que unos se sienten propietarios y hacen sentirse “okupas” a los otros. De esto pudo habernos contado mucho el recordado Pepe Remigio. Fue una lástima que no nos dejara unas Memorias escritas (las verbales las mantiene su hijo Remigio, pero bien guardadas como el arca de la alianza); él, Pepe, también mantuvo combates dialécticos sobre el tema con el inolvidable Arenillas, artífice de obras caritativas injustamente valoradas, y por dejar la parroquia de los Remedios desnuda de aquellos altares de siglos, en un “pronto” de modernidad mal entendida, cuyas maderas alimentaron hornos y obradores vecinales. Y es que el nudo de esta cuerda está aquí: en no querer compartir. Decía mi amigo, el párroco de Santa Marina, en Córdoba, que a una cofradía, cuando se le cede un rinconcito para que allí “jueguen a los santitos”, no pasa mucho tiempo en querer apoderarse hasta del retablo mayor, pero-continuaba- “desde que ellos están en mi iglesia, se acabaron las goteras de las bóvedas y todo está tan limpio como una patena”.
Por lo visto es cuestión de fijar deberes y responsabilidades entre párrocos y hermandades. Confiemos en que la ausencia de este consenso no sea la causa de que nuestras iglesias (no las mezquitas) permanezcan menos tiempo abiertas , sólo como en el horario cinematográfico, de siete a nueve de la tarde y, excepcionalmente, los domingos al mediodía. ¡Dichosísimo tiempo aquel, que hasta las catedrales eran, día y noche, lugar de amparo y sosiego para todo el que lo necesitara! y dichosísimo tiempo cuando el ITE MISSA EST acababa en los mostradores de las confiterías próximas, de donde el padre de familia iniciaba el retorno a casa, portando, como si se tratara de un cáliz, cuando no era más que una bandeja envuelta con el icono de la odalisca, -eran los pasteles de “La AFRICANA”- fuente de algunos pecados como la gula y la misma lujuria. Vuelve la nostalgia a hacernos de la suya.





