La música fue introducida en los ejércitos, desde la primera milicia del mundo. Los primeros pueblos Hebreos y los Egipcios ya usaron trompetas. Los dos efectos que produce fueron causa general de establecer su uso en todas las naciones. En primer lugar, la música habla a la imaginación del soldado y en segundo, la música estremece, domina el sentido. El Padre Tomás Vicente Tosca definió a la música, como una ciencia que trata de los senos armónicos: su objeto participa de la razón sensible, que es propia del ser como ente físico, y de aquélla cantidad de razón que pertenece al estudio matemático. Con estos dos acatamientos, tratadistas e historiadores como Clemente Peñalosa y Zúñiga (“Honor Militar: causas y origen”, 1796) despuntan a hablar de la música marcial. La música que estuvo destinada en su origen para representar ciertos sones, llegó a ser un discurso por la delicadeza y reglas del gusto; una lengua por la cual exprime el espíritu la energía de sus sentimientos, las distintas situaciones que desagradan o deleitan, y los efectos tristes o alegres que resultan de sus ímpetus.
Considerando los Griegos este poder introdujeron la música en sus ejércitos por razones esenciales. La guerra, dando a los hombres vigor, habituándolos a la severidad del riesgo y acciones de combate, los hace duros, valerosos, cría caracteres de apariencia insensibles a los clamores de la humanidad: Licurgo queriendo combinar y templar el sumo valor con la piedad, se valió de la suavidad de la música para moderar los ánimos sin restarle vigor; corregir la dureza de los caracteres, y conmoverlos con armonía. Y por el contrario. Como era preciso estimular los espíritus débiles en la hora del combate, despertar los esfuerzos y la valentía en presencia de los enemigos, encender la imaginación y acalorarla, utilizando instrumentos sonoros y fuertes que arrebatasen el sentido, alterasen la quietud y languidez, y provocasen el heroísmo.
El sacerdote Timoteo, por medio de la música, tenía en sus manos el regio carácter de Alejandro, tan pronto le enfurecía, le hacía sacar la espada, en su cuarto como si estuviera en batalla; y de igual forma le distraía en un embelesamiento blando y apacible. Así, la música corrige los extremos, e influyendo en las facultades psíquicas, modera a los impetuosos, y exalta a los débiles. En la Antigua Persia, dice Chardin, se tocaban instrumentos en la ejecución de obras públicas, que necesitaban la concurrencia de muchos operarios, porque sus notas parecían suavizar las penalidades del trabajo, y su armonía alentaba la eficacia y la prontitud. En la guerra era más sensible esta utilidad. El ruido de la caja redoblante y del cañón movía de modo tan eficaz el espíritu dispuesto para la acometida, que los exaltaba. La señal del combate anunciada por un estruendo armonioso borraba de la imaginación los sustos del peligro, provocaba honor y producía aquel entusiasmo guerrero que ganaba las batallas. No es el único efecto de la música militar mover el ánimo; contribuye, dice el Mariscal de Saxe, al orden necesario en el ejército. El toque de las citadas cajas que redoblan, no es un ruido estéril que viene a los oídos, es una regla que apresura, o retarda el paso del soldado y de la fila, según la lentitud o rapidez de su movimiento. La disciplina y el rigor intelectual han imprimido diversos caracteres a los “Toques”. El de “generala” no es lo mismo que el de “asamblea” o “marcha”; y estas diferencias armónicas son expresiones que coadyuvaron los principios de la Táctica, que han rendido grandes conocimientos.
La declamación que hizo uno de nuestros filósofos contra la música de los templos –testifica Peñalosa y Zúñiga-, podría muy bien compararse con la introducida bajo nuestras banderas en episodios de relajación. La laxitud en la costumbre, el lujo y la distensión de los Reglamentos, transportaron al campo marcial los instrumentos y tonos que deleitaron en el teatro. Y, producida esta mutación, se oyeron contradanzas de los pífanos; acompañaron a las sonoras cajas seguidillas en las retretas… Cuando el previsto autor contrasta la variedad, su dictado parece quejarse, añorando la cualidad de la música original con cuyas concepciones se abrió este artículo.
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