Por muy obvio que les resulte a quienes están habituados a leer relatos históricos no está de más que recordemos el hecho de que todos ellos están elaborados desde de la perspectiva personal de quien selecciona, analiza, interpreta y juzga los episodios. Esta advertencia es especialmente importante cuando se valora una obra que nos explica el siglo XVI –“el primer siglo de la “Edad Moderna”- en el que sucedieron unos cambios profundos y unas tensiones extremas que han sido contados de formas diferentes, parciales y, a veces, interesadas.
Marina Münkler, profesora e investigadora de literatura y de cultura alemana medieval y moderna en la Universidad técnica de Dresden, nos advierte, desde sus primeras páginas, cómo la palabra “Renacimiento”, inventada por los humanistas italianos, contenía una visión parcial y exclusivamente positiva porque estuvo asociada a esa fuerza emocional del “descubrimiento” tanto de escritos antiguos, como del ser humano y del nuevo mundo, y, por supuesto, que está conectada con los grandes artistas y escritores como Durero, Miguel Ángel, Tiziano, Shakespeare, Cervantes, Maquiavelo o Bodin. Esas visiones optimistas a veces no tienen en cuenta que también se libraron guerras como, por ejemplo, contra los otomanos y las que se llevaron a cabo en las “conquistas” del Nuevo Mundo, que también podrían permitirnos que lo califiquemos como “un siglo de guerras”.
La profesora Münkler explica con detalles y con claridad los tres grandes ejes de conflictos que caracterizan a esta centuria: el avance de españoles y portugueses hacia América y el océano Índico, la expansión del imperio otomano y la escisión de la cristiandad en dos bandos opuestos tras la Reforma Luterana. Resulta especialmente clarificadora la caracterización de los “descubridores” quienes, como Cristóbal Colón son “inspiradores” “audaces” y “perseverantes”, y los “conquistadores”, como Hernán Cortés, que son “codiciosos”, “brutales” y “crueles”.
A mi juicio, es oportuna la claridad y la precisión con la que detalla cómo unas “certezas” teóricas se desvanecieron y el orden social se derrumbó tras los insultos y las calumnias que se entrecruzaron los católicos y los protestantes. Si esta obra es oportuna para contrastarla con algunos manuales que adolecen de visiones incompletas y parciales, es especialmente útil para informadores y críticos que, desde sus diferentes perspectivas ideológicas, con la mejor intención, se dejan llevar de unas fórmulas tópicas y simples que, en la actualidad, deberían ser revisadas y explicadas con claridad y sin “prejuicios” doctrinarios.
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