Si contáramos la de obras que se han llevado a cabo en los distintos puntos de Ceuta, hoy tendría que ser una de las ciudades más envidiadas de España. Analicen, solo por un momento, su propio barrio y reflexionen la de veces que le han podido levantar la acera o cortar la carretera para cambiar las tuberías.
Eso sin contar los socavones, el asfaltado… Y buena parte de esas actuaciones por sorpresa, porque eso de avisar con tiempo parece que no se lleva y lo chulo es toparte con la vía cortada por obras en el momento menos oportuno.
Hay actuaciones imposibles de entender. Cambios de acerado que duran meses y cuyos avances parecen perdidos en el tiempo.
Lo que supuestamente se debería hacer en un mes se extiende por arte de magia a dos o tres, con lo que la obra de turno multiplica sus plazos sin aportar una explicación lógica. Además lo hace con despedida temporal porque ya hasta uno sabe perfectamente el plazo estimado en el que las máquinas volverán a aparecer por donde uno vive.
Me cuenta un amigo que convive ya más de 4 meses para un cambio de acera que no llega a 400 metros. Un acerado cuyo cambio no era necesario pero se hizo y cuya actuación se extiende en el tiempo con la excusa de que se cumplen los plazos previstos.
Se cumplen porque ni el ritmo de trabajo es el debido ni los residentes montan en cólera para forzar a que la obra innecesaria en cuestión se desarrolle cuanto antes y puedan recuperar la tranquilidad robada.
El sufridor de turno tiene clones por cualquier lugar de Ceuta. Las actuaciones urbanísticas sin planteamiento racional están a la orden del día. Solo contándolas tendríamos que estar residiendo en el terreno mejor dotado, preparado y cuidado del país. No es así, toca sufrir.






