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Nula conciencia ecológica

Por Juan Luis Aróstegui
14/10/2015 - 23:42
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La preocupación por la conservación del entorno ecológico es un síntoma de civilización avanzada. Desde una concepción moderna sobre la estructuración del sistema de vida en común en el seno de la humanidad, el respeto por el hábitat natural cobra una especial  relevancia, en contraposición con la idea dominante en el siglo pasado, en la que todo quedaba condicionado y supeditado a la producción masiva y salvaje. Ya nadie duda de que la dimensión ecológica se ha incorporado, de manera significativa, a  todas las corrientes del pensamiento actual, en un proceso que se antoja irreversible. Sobre todo para los más jóvenes, comienza a vislumbrarse como una referencia política esencial. Sin embargo, y como sucede con todos los movimientos vanguardistas, se abren paso de manera lenta y a un ritmo muy desigual.

Nuestra Ciudad es de las que presenta un notable y bochornoso retraso. Para la inmensa mayoría de la población el respeto por el medio natural es una fruslería propia de gente sin preocupaciones auténticas. Algo así  como una cosa de “pijos” que se ocupan de cosas sin importancia. Lo peor es que esta misma forma de pensar está inoculada en todos los partidos políticos. No se salva ninguno. Es verdad que en los documentos teóricos siempre se reserva un capítulo para el medio ambiente, y el discurso público reconoce su valor estratégico; pero carente por completo de convicción,  la realidad demuestra, de manera irrefutable, que nunca ha figurado en la agenda política de nadie como una prioridad cierta. Los asuntos relacionados con el medio ambiente son tratados en última instancia, forzados por los acontecimientos y con visible desdén. No tienen incidencia electoral  y por tanto, son despreciados por los partidos.  Esta realidad, incuestionable, no deja de ser una insoportable paradoja en una Ciudad en la que su patrimonio ecológico sea quizá sea uno de sus más valiosas señas de identidad. Los partidos políticos, ninguno, hemos estado a la altura. Es cierto que esta clamorosa inhibición no es homogénea; pero esto no debe servir de excusa para no reconocer un déficit en la gestión de nuestra vida pública indisimulable e inadmisible al que todos hemos contribuido en mayor o menor medida. Este pecado por omisión tiene una mayor gravedad, si tomamos en consideración la existencia de personas que con una extraordinaria vocación, encomiable perseverancia y exquisito rigor científico, hacen un esfuerzo diario por concienciar a la sociedad sobre todos los problemas que nos afectan en el orden medioambiental. Dejando al margen algún planteamiento concreto más o menos discutible, lo cierto es que es un lujo impagable para esta Ciudad contar con una asociación como Septem Nostra que nos ofrece al conjunto de la sociedad  (ciudadanos, partidos políticos y asociaciones en general) unas amplias posibilidades de compromiso con el medio ambiente que no estamos sabiendo aprovechar.
Nunca es tarde para rectificar. Todos tenemos la obligación moral de aplicarnos para recuperar el tiempo perdido en esta materia. Es el momento de pedir perdón a las generaciones aun nonatas y empezar a trabajar. Han sonado demasiados timbres de alarma para seguir escondiendo la cabeza debajo del ala. El lamentable estado de conservación de los montes; los incendios provocados por una negligencia culpable inaceptable; los vertidos de fuel en el mar, irritantemente impunes; los vertidos de aguas fecales descontrolados; el arcaico tratamiento de los residuos; o la agresividad del nuevo PGOU contra el medio ambiente; son razones más que sobradas para tomar conciencia de todo lo que no hemos sabido hacer (ni exigir). El futuro se escribe en clave ecológica. Urge un cambio de mentalidad.

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