La situación socio-económica de España es muy diferente a la que nos dejaron las legislaturas de Aznar. La transformación sufrida por el país tras el inesperado Gobierno del PSOE que se prolongó durante dos legislaturas, y los tres años de reformas bajo el Gobierno popular, han construido una nueva estructura social en la que la clase media es decreciente, la pobreza cabalgante y la riqueza se muestra esencialmente prófuga.
Ya nadie habla de bienestar social, tan sólo del acceso a un puesto de trabajo o a la prebenda graciable de algún tipo de paga estatal. La comprensión de una sociedad que solo persevera por la subsistencia no puede hacerse sin perder de vista que todos los recortes, subidas de impuestos, tasas, y aumento de años de cotización, son para pagar los excesos que viene cometiendo la Administración Pública desde hace muchos años, y no para los fracasos particulares de empresas privadas.
No podemos obviar que lo poco hecho para cambiar el modelo de Estado, como es el recorte del número de diputados en Galicia y Castilla La Mancha, la reducción del número de funcionarios, o la aparición de la ley de transparencia, siempre han sido por iniciativa de los populares y han tenido enfrente a toda la oposición. O lo que es lo mismo, la única posibilidad de cambio se encuentra en cierto espectro del Partido Popular que continúa sufriendo el antidemocrático cinturón sanitario de los más intolerantes, como así lo ha hecho ver públicamente el modelo socialista de “ni un palo al agua”–no ha trabajado nunca fuera de la política– de Susana Díaz, al solicitar a Podemos una unión en contra del enemigo común, el PP.
La aparición continuada de corrupciones con cifras astronómicas que podrían cambiar el perfil social del país, hace insuficiente una legislación que no es capaz de acabar con los clanes mafiosos que utilizan la política como modo de vida delincuencial preferente. Da la impresión que están más perseguidos los raterillos de a pie que aquellos cuyas raperías alcanzan millones de euros.
La supuesta casta política en la que ni son todos los que están, ni están todos los que son, protagonizada fundamentalmente por aquellos cuya vida alejada de la alfombra roja es sensiblemente de peor calidad, obstaculiza el proceso de reformas que los diferentes gobiernos deben llevar a cabo en aras de no caminar hacia el precipicio de una sociedad.
Los populares han salvado a España de la quiebra, pero el fin no justifica los medios. La escasez e ineficacia de las medidas adoptadas en microeconomía, han hecho aparecer una nueva dimensión de la pobreza: aquellos que tienen la suerte de trabajar pero por un salario insuficiente para sacar adelante una familia. Los contratos anuales sujetos al mínimo legal, incluso para mano de obra altamente cualificada, es un hecho incontestable de una nueva estructura social que nos viene encima, y que se aleja de modelos de aspiraciones de mejora para pasar a modelos de subsistencia y distanciamiento social.





